Saltar al Contenido

21-11-2014

Períodico de Deia Grupo Noticias

Memorias Históricas .... Octubre de 1.934, Estado de Guerra.

Este puede ser tu estrado

Memorias Históricas .... Octubre de 1.934, Estado de Guerra.

Notapor lionheart » 04 Oct 2009, 05:33

Por Sandra Souto de su libro "Y ¿Madrid? ¿Qué hace Madrid?. Sandra Souto es Doctora en Historia por la Universidad Complutense de Madrid.

"En la escuela Socialista de Agosto de 1.933 Largo Caballero planteó la necesidad de superar la República, para lo que consideraba existían dos caminos “la lucha legal y la lucha no legal, (….) queremos triunfar empleando la lucha legal”.

En reunión del Comité Nacional del PSOE ( 18 y 19 de Septiembre de 1.933 ) Largo Caballero manifestó que “no creía en la posibilidad de conquistar el poder por la violencia” ni veía posible “por ahora implantar la República Social”.

Durante las elecciones de 1933 se planteó ya una idea que crecerá dentro de las organizaciones socialistas: la de polarización del enfrentamiento político entre dos fuerzas antagónicas, que conllevaba una justificación de la violencia, indispensable para la realización de acciones de ese tipo.

Largo Caballero declaró “ La lucha ha quedado planteada entre marxismo y antimarxismo. Es una manifestación de la guerra de clases, y eso nos llevará inexorablemente a una situación violenta (…) si se nos cierran los caminos, apelaremos a la violencia revolucionaria”."


__________________________________________________________________________________________________________

El resultado de las elecciones de 1933 dando el triunfo a la derecha, hizo que el PSOE no pudiera alcanzar el poder por "la lucha legal"y denunciaron que habia habido fraude electoral.

"Nos han robado la victoria electoral" escribiría S. Carrillo en un artículo en Renovación. ( Extraído de la misma autora )

El Socialista escribió " las derechas se alzaron con la mayoría del Parlamento arteramente, gracias al caciqismo". (Extraido de la misma autora )

Dando muestras de lo "DEMÓCRATAS" que eran, tras el triunfo de la Derecha en esas elecciones Renoviación publicó " Las nuevas Cortes no representan la voluntad popular (......) Vivirán lo que el pueblo y el proletariado tarden en prepararse para clausurarlas" ( Extraido de la misma autora ).

Y como no habían podido conquistar el poder por la via legal, tuvieron lugar los sucesos de Octubre de 1.934.
lionheart
 

Notapor lionheart » 04 Oct 2009, 05:45

1934: Conspiración, alzamiento y guerra II por Miguel Ángel Olmedo.


Maniobras y protagonismos

Durante el verano de 1934, julio y agosto, se sucedieron las huelgas, asesinatos y otros actos de violencia a ritmo creciente, alcanzando su grado máximo en el mes de septiembre. El día 8 de este mes fue clausurada la Casa del Pueblo de Madrid porque en ella se encontraron depósitos de armas de consideración. José María Gil Robles tenía anunciada una concentración de sus seguidores en Covadonga para el día 9, siguiendo a la gran fiesta de la patrona asturiana, y las izquierdas dieron orden de impedirlo recurriendo a todos los procedimientos a su alcance: huelga general revolucionaria, tachuelas y barricadas en las carreteras, insultos y golpes a los que a ella se dirigían y amenazas a posteriori.

Ese mismo día 9 de septiembre de 1934, la Guardia Civil descubrió un importante alijo de armas transportadas a bordo del barco de nombre Turquesa, fondeado para tal menester en la ría asturiana de Pravia. Una parte de las armas había sido ya desembarcada y, siguiendo órdenes de Indalecio Prieto, conducida en camiones a la Diputación Provincial controlada a la sazón por el PSOE.

El del buque Turquesa fue el alijo más importante de entre los hallados por el Gobierno, incluidos los numerosos depósitos de armas. En etapa anterior, el gobierno de Azaña había autorizado al industrial bilbaíno Horacio Echevarrieta, amigo de Indalecio Prieto, la compra de una partida de armas destinadas a la oposición portuguesa que preparaba un golpe contra Antonio de Oliveira Salazar. Estas armas permanecían depositadas en Santa Catalina de Cádiz y fueron compradas por Negrín, Prieto, González Peña y Amador Fernández pagando medio millón de pesetas y cargadas en el Turquesa, fletado por otras 70.000. La primera idea de los líderes socialistas fue ofrecer el barco con la carga a Companys, pero cobrando millón y medio de pesetas. Cuando los catalanes rechazaron la oferta, el buque fue enviado a Asturias ya que el dinero invertido en la compra de las armas pertenecía al Sindicato Minero.

La Policía descubrió el alijo cuando estaba siendo cargado en camiones de la Diputación Provincial, dominada por los socialistas, que tenían por consiguiente carácter oficial. Cuando las fuerzas de Orden Público interceptaron el alijo del Turquesa, huyendo este barco hacia el puerto de Burdeos, estaban allí Indalecio Prieto y Juan Negrín, que no fueron detenidos. Era inevitable que se entendiese que esta operación no era sino preparativo para un inmediato alzamiento socialista: un escándalo que alcanzaba al PSOE cuyos jefes, inquietos, comenzaron a pelear entre sí sacudiéndose responsabilidades. Esta significativa captura de armas también permitió la revelación de otros depósitos.

El líder de la CEDA, Gil Robles, reconocía que la colaboración con el gobierno radical no daba los resultados apetecidos y anunció que iba a adoptar una postura más exigente. El 11 de septiembre, uno de los miembros de la Generalidad de Cataluña, Ventura Gassol, proclamaba contra la "vil España" un odio "gigantesco, loco, grande, sublime". "Odiamos el nombre, el grito y la memoria, sus tradiciones y su sucia historia". Un terrible sedimento se abría camino.

El Gobierno de centroderecha (del Partido Radical apoyado por la CEDA) tomó, el 12 de septiembre, cercana la reanudación del periodo de sesiones en las Cortes, el acuerdo de autorizar a su Presidente, Ricardo Samper, que presentara la dimisión cuando lo creyera oportuno.

Mientras, la agitación en Cataluña, las Vascongadas y en el conjunto de España continuaba con fuerza intimidatoria. El 14 de septiembre socialistas y comunistas concentraban a una multitud de 80.000 simpatizantes para entre soflamas abonar la violencia sucesiva. Santiago Carrillo y Jerónimo Bugeda (socialistas) y Jesús Hernández (comunista) lanzaron consignas de revolución, aniquilación y guerra. Al final del acto miles de jóvenes uniformados evolucionaron en formación militar flanqueados por un delirio de ovaciones y puños en alto. El periódico El Socialista, órgano de comunicación del PSOE, valoraba así el acto y su despliegue: "Un alarde de fuerza, una reiteración de fe revolucionaria".

A finales de septiembre Azaña viaja a Barcelona pretextando asistir al entierro de Jaume Carner, que había sido ministro en su gobierno. Ya en esta ciudad se entera de los proyectos separatistas de la Generalidad; fuentes de toda índole para confirmarlo no le faltan. Posteriormente, tras el estrepitoso fracaso de su gestión, Azaña alega que trató de disuadir a Companys; pero no le denunció, ni hizo amago de ello, sino que al producirse el estallido rebelde opta por esconderse allí, en el foco insurgente, a verlas venir. Desde meses atrás, con una inconsistencia inexplicable, acorde con la enajenación o un incorregible sectarismo, los republicanos de Madrid venían a Barcelona a informarse y a seguir con entusiasmo las peripecias del movimiento que se preparaba, aunque fuera a favor del extremismo nacionalista; aunque tendiera a la destrucción de la convivencia. La de los citados republicanos, como Azaña, fue una actitud política que implicaba la tácita, y en lo decisivo expresa, aceptación de los postulados disidentes sin evaluar, por ignorancia o falsa confianza, las consecuencias de tal entreguismo.

En su libro Mi rebelión en Barcelona, Azaña dice haber mantenido una postura legalista, negociadora en lo posible, tratando de calmar a Companys, que entonces y apenas disimulado preparaba su propio golpe contra un Gobierno legítimo y democrático. Pero documentos de la dirección socialista prueban que Azaña mintió, pues había tratado de que el PSOE apoyara una insurrección con base en Barcelona. Este intento o golpe de Estado frustrado es el menos conocido de cuantos se produjeron el año 1934. Los líderes socialistas rechazaron la propuesta, ya que estaban organizando su propia sublevación, y no pensaban supeditarse a esos partidos que insistían propagandísticamente en tildar de "burgueses": estos partidos podían, si querían, apoyar en plan auxiliar al PSOE. Es decir, los socialistas estaban de acuerdo en el objetivo pero no en el liderazgo del mismo.

Y así aconteció. Azaña niega haber participado en la insurrección de 1934, comienzo real de una guerra civil, pero su menguado partido, Izquierda Republicana, propugnó entonces públicamente el empleo de "todos los medios" para derribar el Gobierno salido de las urnas. Azaña, irredento megalómano, solía negar todo lo que evidenciaba su conducta, carácter, decisiones comprometedoras y posicionamiento sociopolítico; aunque, y de su propio puño y letra, a destiempo e inmerso en soledad, preso de abatimiento culpable, conflicto interno y asomo de disculpa, lo admitía.

La finalidad del alijo capturado a bordo del Turquesa no era otra que la de armar a los socialistas preparados para la insurrección violenta. No en vano, el 25 de septiembre El Socialista anunciaba: "Renuncie todo el mundo a la revolución pacífica, que es una utopía; bendita la guerra". Dos días después, remachaba el mismo periódico: "El mes próximo puede ser nuestro octubre. Nos aguardan días de prueba, jornadas duras. La responsabilidad del proletariado español y sus cabezas directoras es enorme. Tenemos nuestro ejército a la espera de ser movilizado". Antes de concluir el mes, el Comité central del PCE anunciaba su apoyo a un frente único con finalidad revolucionaria.

El 1 de octubre la CEDA retiró los votos con los que apoyaba y sostenía al Gobierno. Era necesario formar un nuevo gobierno. Las izquierdas reiteraron su advertencia: si aparecían ministros de la CEDA (la formación política que había ganado las elecciones) provocarían la revuelta armada. En la lista que Alejandro Lerroux (Partido Radical), nuevo Presidente del Gobierno, presentó a Niceto Alcalá Zamora, Presidente de la República, en la tarde del 3 de octubre, figuraban tres miembros de aquella agrupación de derechas: el regionalista navarro Rafael Aizpún, para la cartera de Justicia; el sevillano Manuel Giménez Fernández que se había declarado expresamente republicano y que defendía la puesta en marcha de la reforma agraria, para la de Agricultura; y el catalán y antiguo catalanista José Anguera de Sojo, en Trabajo.



De la propaganda a la acción armada

Las campañas de desestabilización izquierdistas-separatistas en verano de 1934, desembocaron en la gran insurrección armada de octubre. El proceso conspirador ideado, desarrollado y dirigido según dos concepciones sociopolíticas aliadas aunque divergentes en sus objetivos últimos, la del PSOE y la de ERC, culminaba en la plasmación bélica y usurpadora del poder.

En la insurrección de 1934, política y armada, intervinieron como detonantes el mayor partido de las izquierdas en el conjunto de España, el PSOE (Partido Socialista Obrero Español) y el mayor en Cataluña, la ERC, (Ezquerra Republicana de Catalunya) más los comunistas todavía incipientes y escasamente respaldados, añadiéndose algunos sectores anarquistas, siempre combativos contra todo y todos, y con el apoyo político de las izquierdas republicanas. Cuando, en el transcurso de los dos primeros días, el 6 y el 7 de octubre, muchos creyeron en el triunfo de la insurrección, dichas izquierdas, y con especial dureza el partido de Azaña, IR, proclamaron su ruptura con las Instituciones y su disposición a imponerse por cualesquiera medios. Por tanto, la insurrección no fue obra de grupos marginales carentes de representatividad institucional y poder político. Esta cuestión es de suma importancia, ya que una actitud levantisca en los partidos principales de la oposición, o anticonstitucional en los que están en el poder, anula la democracia. Las formaciones políticas responsables de la insurrección armada —a la que aspiraban socialistas, comunistas y separatistas— causaron al régimen republicano una herida incurable.

Desde 1933 la insurrección socialista perseguía instaurar un régimen de tipo soviético denominada "dictadura del proletariado". La documentación al respecto es hoy completamente probatoria. En cuanto a los nacionalistas catalanes de izquierda, había divisiones: unos pretendían demoler la legalidad republicana para formar una especie de confederación y otros pensaban en la secesión completa; incluso muchos de los primeros veían la confederación como un paso previo, y amortiguador en ciertas conciencias foráneas, a la secesión; a menos que ellos, en nombre de Cataluña, jugaran el papel dominante, política y financieramente, en el conjunto de España.

El levantamiento en aquel octubre fue concebido exacta y precisamente como una guerra civil, según consta inequívocamente en las instrucciones secretas para la insurrección. No como una huelga de gran alcance o un golpe de Estado. El contenido abiertamente de confrontación bélica civil en la propaganda de aquellos días tiene a menudo rasgos espeluznantes, como la pública disposición de las juventudes socialistas a realizar con entusiasmo las numerosas ejecuciones previstas, o las exhortaciones al odio como una virtud revolucionaria.

Equivale el despliegue revolucionario de octubre en Asturias a la primera batalla formal de la guerra civil, aun considerando objetivamente que el foco revolucionario asturiano era parte de una insurrección de esencia revolucionaria desigualmente secundada en otros lugares de España. La contienda bélica —pues eso fue, una guerra, la denominda "de los quince días"— en Asturias fue la más sangrienta, y larga de los sucesos de octubre; pero no se concebía como la decisiva para alcanzar los fines de los impulsores. El diseño de octubre de 1934 trazaba los parámetros de un movimiento conducente a la guerra civil, y no sólo resultó el más sangriento de cuantos la izquierda revolucionaria emprendió en Europa desde el año 1917, sino también el mejor organizado y armado.

Los revolucionarios pretendían aniquilar la República —que denunciaban burguesa, acomodaticia y laxa con los que ellos consideraban antirrepublicanos y que alternaban en el poder, democráticamente, con esa izquierda "señorial y aséptica" representada en la figura y política de Manuel Azaña—, e implantar la dictadura del proletariado, tendente a la sovietización de la sociedad. El PSOE eligió el camino de la guerra civil porque creyó llegadas las condiciones históricas para derrocar a la burguesía y desplegar la revolución socialista, el socialismo real caracterizado por la imposición y el sometimiento, su objetivo programático. La ERC, por su parte, presididos sus planteamientos por la ambigüedad -no propugnaban ni la guerra ni la revolución-, a diferencia de sus calculadas acciones, no obstante sentó las bases en Cataluña para que se produjeran ambas: la guerra civil y la revolución; la consigna de un "Estado catalán dentro de la República Federal española" subvertía violentamente la legalidad de la II República. Y era el paso previo -el que encubre- al anhelo secesionista.



Los hilos que movieron las sombras

La composición del nuevo Gobierno Lerroux, con tres ministros de la CEDA, se hizo pública al anochecer del día 4 de octubre. Las comisiones ejecutivas del PSOE y de la UGT se hallaban reunidas, a la espera de noticias, en la redacción del diario El socialista, sita en la calle Carranza, 20, de Madrid. En cuanto conocieron los nombres del nuevo Gobierno dieron la orden de iniciar inmediatamente la huelga general revolucionaria que tenían preparada en toda España. En caso de fracasar la huelga y por extensión el movimiento revolucionario acordaron no asumir responsabilidades, achacando la revuelta a una "reacción espontánea del pueblo".

Aquella misma noche se registraron las primeras escaramuzas armadas en Madrid, y durante la madrugada en Asturias, resonando el llamamiento insurreccional mediante fortísimas descargas de dinamita que pusieron en pie de guerra al que muy pronto se llamaría "Ejército Rojo", el cual en la madrugada tomó por asalto veintitrés casas-cuartel de la Guardia Civil ubicadas en las cuencas mineras, con asesinato de muchos guardias. Seguidamente la hoguera se propagó a numerosos puntos del territorio nacional donde los socialistas habían hecho acopio de armas. De todos modos el seguimiento fue muy desigual, con amplias zonas donde la consigna caló poco o el Ejército tomó posiciones preventivas rápidamente. Por ejemplo, se advirtió escaso o ningún movimiento en Galicia -aunque fue declarada la huelga general en las cuatro capitales gallegas-; Andalucía, salvo en algunas localidades mineras de Huelva y Córdoba que inmediatamente atajó el Ejército; Extremadura, la región valenciana, Murcia y las dos mesetas, excepto algún brote muy localizado pero muy violento. En general, allí donde predominaba la CNT la gente se mantuvo quieta, viéndolas venir. Aragón también permaneció bastante pacífico, salvo Zaragoza, donde radicaba el comité nacional de la CNT. Se declaró la huelga, pero sin pasar a mayores. En Madrid, los focos subversivos fueron dominados rápidamente por las Fuerzas de Seguridad y el Ejército, aunque las escaramuzas y pacos (disparos de francotiradores) desde azoteas, portales u otros parapetos, se prolongaron hasta el día 9.

En cambio, en la cornisa cantábrica los brotes revolucionarios alcanzaron niveles de máximo dramatismo. Así ocurrió en Guipúzcoa, con dos puntos destacados: Eibar y Mondragón. En la primera, los socialistas se hicieron dueños de la población, asaltaron las fábricas de armas y mataron en plena calle al presidente del Círculo Tradicionalista, Carlos Larrañaga. Los duros enfrentamientos con las fuerzas del orden ocasionaron un guardia de asalto y nueve insurrectos muertos, aparte de numerosos heridos. En Mondragón los huelguistas asesinaron al ex-diputado tradicionalista y gerente de la Unión Cerrajera, Marcelino Oreja Elósegui; también asesinaron al consejero de la misma empresa, Dagoberto Resusta. Asimismo Bilbao, y en especial su zona industrial y minera, sufrieron los efectos revolucionarios, pero las fuerzas del Gobierno lograron imponerse pronto y sofocar la situación.

Sólo en la parte minera los sediciosos ofrecieron mayor resistencia, pero el día 12 quedaba toda Vizcaya bajo control. En las localidades industriales santanderinas de Torrelavega y Reinosa hubo víctimas, sin embargo la revuelta fue rápidamente sofocada. De igual modo se registraron enfrentamientos violentos en los cotos mineros de Guardo y Barruelo, provincia de Palencia; en esta última localidad fue asesinado el hermano Bernardo, director de las Escuelas Cristianas, y el teniente coronel de la Guardia Civil, Ángel Sáez de Ezquerra, cuando intentaba parlamentar con los revoltosos, aparte de incendiar la iglesia parroquial y el ayuntamiento. Otro punto caliento se localizó en las minas de Sabero (León), donde se organizó un simulacro de "Ejército Rojo" bajo el mando del maestro de escuela Santiago Riesgo, alias Pelines; ardió la iglesia y el ayuntamiento y cayó asesinado el industrial Ricardo Tascón, con un cartucho de dinamita que le ataron a la cintura.

De forma simultánea a la orden del PSOE para desencadenar la revolución, el partido de Azaña, Izquierda Republicana, daba a la prensa —se publicó el 5 de octubre— una nota subversiva, que imitaron los demás partidos republicanos no gubernamentales en estos términos: "Izquierda Republicana declara que el hecho monstruoso de entregar el gobierno de la República a sus enemigos es una traición, rompe toda solidaridad con las actuales instituciones del régimen y afirma su decisión de acudir a todos los medios de defensa de la República".

Tras el despliegue de agresividad característico de la propaganda izquierdista el 5 de octubre, al día siguiente, 6, tenía lugar la insurrección propiamente dicha. Su carácter violento quedaba de manifiesto desde el comienzo, con asesinatos y proclamas subversivas. En Barcelona, el dirigente de ERC, Companys, anunció desde el balcón principal del palacio presidencial de la Generalidad el nacimiento de: "El Estado Catalán dentro de la República Federal Española". Pero los dirigentes de izquierdas no recibieron el apoyo que esperaban de la calle ni de la Guardia Civil o la Guardia de Asalto que no se sumaron al levantamiento. El estallido revolucionario se diluyó prontamente en la mayoría de España; y salvo en Asturias -la cuenca minera y el asedio a la capital Oviedo- en pocas horas quedaron sofocados y reducidos los movimientos insurgentes.

Ni el Ejército, con el que el PSOE había mantenido contactos a través de sus infiltrados, ni las masas populares se sumaron al golpe de Estado concebido por el PSOE y la ERC, y por otros avalado desde un segundo plano a la expectativa y a resguardo; aunque para algunos no fuera suficiente el disimulo y la ocultación.

El 6 de octubre, mientras se extendía el incendio revolucionario socialista en Asturias, Lluís Companys, presidente de la Generalidad de Cataluña, conocido miembro de la Masonería, proclamaba desde el balcón de la plaza de San Jaime y ante reducido público su diseñado "Estado catalán" y diatribas contra el gobierno legítimo de la República al que señaló como "las fuerzas monarquizantes y fascistas". Las fuerzas de Orden Público en Cataluña dependían de la Generalidad, pero excepto los Mozos de Escuadra no obedecieron a Companys sino al general Domingo Batet, jefe de la Cuarta División Orgánica, que declaró el estado de guerra y envió algunas unidades del Ejército para disuadir a los rebeldes.

Tras una selectiva andanada artillera apuntando la fachada de la Generalidad, Companys se rindió a primera hora de la mañana siguiente, tras una frenética noche de mensajes radiados que sembraron ora la angustia ora el estupor en Cataluña.

El Ejército buscó por toda Barcelona a Manuel Azaña que por fin fue hallado en su escondrijo y posteriormente encarcelado.



La respuesta del Gobierno


En la tarde del 5 de octubre de 1934 y hasta bien avanzada la noche, comenzaron a acumularse en la mesa del ministro de la Guerra, Diego Hidalgo, telegramas alarmantes. Había comenzado la huelga general en Asturias y un ejército de mineros, aproximadamente 30.000, emprendía la marcha sobre Oviedo después de apoderarse de Mieres y de toda la cuenca del Nalón. El socialista Ramón González Peña había asumido el mando de esta tropa revolucionaria. La capital asturiana no estaba en condiciones de resistir un asalto; a su vez, en Gijón, segunda ciudad de la región y principal puerto, algunos barrios se hallaban erizados de barricadas que preparaban reductos para la resistencia. A las ocho de la tarde, ante una multitud de fervorosos, Companys izó en el balcón de la Generalidad la bandera de su neonata República catalana. Pero en Madrid, salvo algunos disparos que, desde la guerra de África, se llamaban "pacos" (o de paqueo) por el doble eco que dejaban oír, la revolución fracasó ya desde el primer instante.

Desde algunas semanas antes Diego Hidalgo tenía previstas sus decisiones: encargó al general Domingo Batet que, en Cataluña, diese cumplimiento al bando de guerra que Lerroux anunciaba por radio a toda España y dispuso como medida de eficacia militar que se llamase a Francisco Franco, que por aquellos días visitaba Madrid. Hasta la tarde del día 6 no llegó el general Franco al Ministerio, vestido de paisano. A esas horas vespertinas, en Asturias, González Peña ya era dueño de la fábrica de armas de Trubia y disponía de 29 cañones para apoyar a sus mineros. Al obtener Lerroux la firma del decreto de la Presidencia estableciendo el estado de guerra, había proporcionado a su ministro la oportunidad de retener a Franco junto a sí, sin que ocupara ningún cargo oficial, pero con la orden precisa de que le fuera dictando las disposiciones necesarias para acabar con aquella situación.

A la vista de los informes y datos que le suministraron, Franco únicamente comentó: "Esto es grave; en Oviedo no hay fuerzas para hacer frente a la insurrección". De hecho, sumando los soldados del Regimiento de Milán y del Batallón de Zapadores de Gijón a las fuerzas de la Guardia Civil, el Gobierno se aproximaba a los dos millares y medio de fusiles en la región asturiana. Llegaban desde otros lugares tales como las Vascongadas, Aragón, Extremadura, León y Palencia, noticias de pequeños brotes revolucionarios de escasa importancia.

La presencia de Franco y las buenas noticias que llegaban de Barcelona, donde Batet había bloqueado la insurrección, infundió tranquilidad al Gobierno. El propio Diego Hidalgo explicó posteriormente en sus Memorias que Franco no ostentó, en esos momentos, mando alguno, ni sobre las tropas convergentes sobre Asturias, al mando del general López Ochoa, ni en la Jefatura del Estado Mayor, que seguía ostentando el general Carlos Masquelet —seguidor de Azaña, recomendado por este a Lerroux a modo de un "regalo de amigo". Instalado en el Gabinete telegráfico, centro neurálgico de comunicaciones, Franco reunía todos los informes para su detenido estudio fijando las noticias en un plano de situación y elaborando las decisiones ejecutivas que pasaba al ministro que las hacía suyas.

En esta tarea ayudaron a Franco otros jefes militares: el capitán de Navío Francisco Moreno Fernández, el capitán de Corbeta Pablo Ruiz Marset y los tenientes coroneles Jesús Sánchez Posada y Francisco Franco-Salgado. Un colaborador habitual de Franco, Camilo Alonso Vega, estaba en Oviedo defendiendo el cuartel de Santa Clara contra los revolucionarios. Hidalgo no quedó defraudado por la rapidez y eficacia de las decisiones. Franco llamó a Batet y, sin tener en consideración la diferencia de grado entre ambos, le reprochó la lentitud en la batalla de Barcelona; la respuesta de Batet, tranquilizadora, fue que esperaba a la noche porque las circunstancias iban a ser más favorables. De hecho, a las seis de la mañana del día 7 telefoneó al ministro para comunicar la rendición de Companys.

El ministro Diego Hidalgo, a la vez, y aconsejado, sustituyó en el propio Ministerio a aquellos oficiales que consideraba demasiado fieles a Azaña, llamando a otros de la escala de complemento, y destituyó a los que se mostraban renuentes o vacilaban inconvenientemente a la hora de cumplir las órdenes; sin hacer excepción con sus amigos y parientes. Fue decisión de Francisco Franco el plan de realizar un movimiento convergente sobre el núcleo revolucionario asturiano desde sus tres fronteras, la creación de la columna Solchaga, el empleo de la Flota para el rápido traslado de tropas desde África y hasta la designación de Juan Yagüe para mandarlas.

Habla Franco con sus colaboradores y el ministro de la sucesión de hechos las semanas anteriores, hasta desembocar en ese presente de guerra declarada, y escribe: "Las armas las había alijado el vapor "Turquesa" con anticipación y había encontrado todas las facilidades en los gobiernos republicanos que, pretendiendo eran para la revolución en Portugal, se había dado orden a los cónsules en el extranjero para su despacho. La concatenación del intento revolucionario en Asturias, Cataluña y Madrid pretendía les asegurase el triunfo. Fracasado en Madrid, por las previsiones del Gobierno, estrangulado en Barcelona por la rapidez y decisión con que obraron varios Jefes del Ejército al tomar por asalto la Generalidad de Cataluña en que se encontraba el mando de la rebelión en Barcelona, ésta quedó reducida al reducto montañoso de Asturias, donde la revolución había sido concienzudamente preparada por agentes de Moscú".

Asturias, pues, fue la excepción a la regla de rápida sofocación de los núcleos insurrectos; los alzados lograron un éxito inicial y dieron comienzo a un proceso revolucionario que marcaría la pauta para lo que sería la guerra civil de 1936. La desigualdad inicial de fuerzas fue verdaderamente extraordinaria. Los alzados sumaban un ejército de unos treinta mil mineros bien pertrechados gracias a las fábricas de armas de Oviedo y Trubia y bajo la dirección de miembros del PSOE como Ramón González Peña, Belarmino Tomás y Teodomiro Menéndez, aunque una tercera parte de los insurrectos pudo pertenecer a la CNT, obediencia anarquista y al incipiente partido comunista, de obediencia soviética. Dos de sus objetivos inmediatos eran los de dominar hacia el sur el puerto de Pajares para llevar la revolución hasta las cuencas mineras de León y desde allí, con la complicidad del sindicato ferroviario de la UGT, al resto de España, y apoderarse de Oviedo. Frente a los sublevados se oponían mil seiscientos soldados y unos novecientos guardias civiles y de asalto que contaban con el apoyo de civiles en Oviedo, Luarca, Gijón, Avilés y el campo. La acción de los revolucionarios siguió patrones que recordaban trágicamente los males sufridos en Rusia y Finlandia. Mientras se procedía a detener e incluso asesinar a personas tan sólo por su pertenencia a un segmento social concreto, se desataba una oleada de violencia rabiosa contra el catolicismo que provocó desde la quema y profanación de lugares de culto -incluyendo el intento de volar la Cámara Santa- al fusilamiento de religiosos. Los episodios resultaron numerosos y recordaban las atrocidades de los bolcheviques contra los cristianos rusos o las del ejército mexicano contra los católicos.

La sublevación adquirió caracteres de guerra civil en Asturias, con todas las cuencas mineras alzadas en armas. Se formó un comité de Alianza Obrera, convertido luego en Comité Revolucionario Provincial, instalado en el ayuntamiento de Mieres, para dirigir la revolución. Integraban el comité representantes de todas las fuerzas obreras: socialistas, comunistas, anarquistas —que aquí sí se incorporaron a la revuelta, a diferencia de otros lugares de España— y el minúsculo BOC (Bloque Obrero y Campesino), todos ellos bajo el mando supremo del diputado socialista Ramón González Peña, al que los suyos pronto llamaron "Generalísimo". El grito de guerra fue UHP (Unión de Hermanos Proletarios), que se haría famoso desde entonces como sinónimo de revolución. Se publicó un bando en todas las comarcas dominadas por los facciosos "llamando a filas", a todo el proletariado, para formar el Ejército "rojo". Apremiaba a incorporarse a todos los trabajadores "que estén dispuestos a defender con su sangre los intereses de nuestra clase proletaria (...) contra nuestros explotadores, el clero, los militares podridos (...). Curiosamente, los mineros sublevados tenían trabajo estable asegurado y eran los asalariados mejor pagados de España, merced a las subvenciones estatales a unas minas deficitarias. El autodenominado Ejército Rojo se hizo dueño de las cuencas mineras y en el acto dieron iniciaron los asesinatos y toda clase de tropelías.

Cuando llegaban a Mieres camiones con paisanos y sacerdotes detenidos gritaban: "¡Llevamos fascistas, llevamos curas!". El mismo día 5 se dirigieron a Oviedo, y mantuvieron la capital asediada durante una semana. Bombardearon, dinamitaron o incendiaron edificios tan emblemáticos como la Universidad, donde ardieron los cien mil volúmenes de su biblioteca, o la Cámara Santa de la catedral, aparte de un elevado número de fincas urbanas particulares. La calle Uría, una de las principales, quedó reducida a escombros en gran parte. Prendieron fuego al palacio episcopal, al seminario diocesano, al convento de Santo Domingo, a la delegación de Hacienda, al banco Asturiano, al hotel Covadonga, a los almacenes Simeón y al colegio de niñas huérfanas recoletas de Santa Catalina. González Peña ordenó forzar las cámaras acorazadas del Banco de España, de las que los dirigentes revolucionarios sustrajeron 14.425.000 pesetas, que no volvieron a recuperarse. Intentaron también volar la caja fuerte del Banco Herrero sin conseguirlo antes de huir de Oviedo. Un personaje especialmente sanguinario de aquellas jornadas fue un dependiente de comercio, muy conocido en la ciudad, de apariencia bonachona y apacible, llamado Jesús Argüelles Fernández, alias Pichilatu; posteriormente sería uno de los dos condenados a muerte cuyas sentencias se ejecutaron, junto al sargento Diego Vázquez, desertor.

El mismo día 6 de octubre habían quedado sofocados enérgicamente los brotes revolucionarios en el resto de España, especialmente virulentos en Madrid y en Vascongadas, aunque de proporciones reducidas. La atención gubernamental, pues, se centraba en Barcelona y Asturias. La primera medida del general Franco, que conocía perfectamente el teatro de operaciones asturiano, fue enviar a Barcelona un destacamento y a Asturias, a bordo de la Escuadra, una columna de choque formada por fuerzas de la Legión y los Regulares. En Barcelona los legionarios desembarcaron cuando ya la rebelión había sido sofocada por el general Batet, quien había asegurado el orden constitucional en toda Cataluña.
lionheart
 

Notapor lionheart » 04 Oct 2009, 05:45

1934: Conspiración, alzamiento y guerra II por Miguel Ángel Olmedo.


Maniobras y protagonismos

Durante el verano de 1934, julio y agosto, se sucedieron las huelgas, asesinatos y otros actos de violencia a ritmo creciente, alcanzando su grado máximo en el mes de septiembre. El día 8 de este mes fue clausurada la Casa del Pueblo de Madrid porque en ella se encontraron depósitos de armas de consideración. José María Gil Robles tenía anunciada una concentración de sus seguidores en Covadonga para el día 9, siguiendo a la gran fiesta de la patrona asturiana, y las izquierdas dieron orden de impedirlo recurriendo a todos los procedimientos a su alcance: huelga general revolucionaria, tachuelas y barricadas en las carreteras, insultos y golpes a los que a ella se dirigían y amenazas a posteriori.

Ese mismo día 9 de septiembre de 1934, la Guardia Civil descubrió un importante alijo de armas transportadas a bordo del barco de nombre Turquesa, fondeado para tal menester en la ría asturiana de Pravia. Una parte de las armas había sido ya desembarcada y, siguiendo órdenes de Indalecio Prieto, conducida en camiones a la Diputación Provincial controlada a la sazón por el PSOE.

El del buque Turquesa fue el alijo más importante de entre los hallados por el Gobierno, incluidos los numerosos depósitos de armas. En etapa anterior, el gobierno de Azaña había autorizado al industrial bilbaíno Horacio Echevarrieta, amigo de Indalecio Prieto, la compra de una partida de armas destinadas a la oposición portuguesa que preparaba un golpe contra Antonio de Oliveira Salazar. Estas armas permanecían depositadas en Santa Catalina de Cádiz y fueron compradas por Negrín, Prieto, González Peña y Amador Fernández pagando medio millón de pesetas y cargadas en el Turquesa, fletado por otras 70.000. La primera idea de los líderes socialistas fue ofrecer el barco con la carga a Companys, pero cobrando millón y medio de pesetas. Cuando los catalanes rechazaron la oferta, el buque fue enviado a Asturias ya que el dinero invertido en la compra de las armas pertenecía al Sindicato Minero.

La Policía descubrió el alijo cuando estaba siendo cargado en camiones de la Diputación Provincial, dominada por los socialistas, que tenían por consiguiente carácter oficial. Cuando las fuerzas de Orden Público interceptaron el alijo del Turquesa, huyendo este barco hacia el puerto de Burdeos, estaban allí Indalecio Prieto y Juan Negrín, que no fueron detenidos. Era inevitable que se entendiese que esta operación no era sino preparativo para un inmediato alzamiento socialista: un escándalo que alcanzaba al PSOE cuyos jefes, inquietos, comenzaron a pelear entre sí sacudiéndose responsabilidades. Esta significativa captura de armas también permitió la revelación de otros depósitos.

El líder de la CEDA, Gil Robles, reconocía que la colaboración con el gobierno radical no daba los resultados apetecidos y anunció que iba a adoptar una postura más exigente. El 11 de septiembre, uno de los miembros de la Generalidad de Cataluña, Ventura Gassol, proclamaba contra la "vil España" un odio "gigantesco, loco, grande, sublime". "Odiamos el nombre, el grito y la memoria, sus tradiciones y su sucia historia". Un terrible sedimento se abría camino.

El Gobierno de centroderecha (del Partido Radical apoyado por la CEDA) tomó, el 12 de septiembre, cercana la reanudación del periodo de sesiones en las Cortes, el acuerdo de autorizar a su Presidente, Ricardo Samper, que presentara la dimisión cuando lo creyera oportuno.

Mientras, la agitación en Cataluña, las Vascongadas y en el conjunto de España continuaba con fuerza intimidatoria. El 14 de septiembre socialistas y comunistas concentraban a una multitud de 80.000 simpatizantes para entre soflamas abonar la violencia sucesiva. Santiago Carrillo y Jerónimo Bugeda (socialistas) y Jesús Hernández (comunista) lanzaron consignas de revolución, aniquilación y guerra. Al final del acto miles de jóvenes uniformados evolucionaron en formación militar flanqueados por un delirio de ovaciones y puños en alto. El periódico El Socialista, órgano de comunicación del PSOE, valoraba así el acto y su despliegue: "Un alarde de fuerza, una reiteración de fe revolucionaria".

A finales de septiembre Azaña viaja a Barcelona pretextando asistir al entierro de Jaume Carner, que había sido ministro en su gobierno. Ya en esta ciudad se entera de los proyectos separatistas de la Generalidad; fuentes de toda índole para confirmarlo no le faltan. Posteriormente, tras el estrepitoso fracaso de su gestión, Azaña alega que trató de disuadir a Companys; pero no le denunció, ni hizo amago de ello, sino que al producirse el estallido rebelde opta por esconderse allí, en el foco insurgente, a verlas venir. Desde meses atrás, con una inconsistencia inexplicable, acorde con la enajenación o un incorregible sectarismo, los republicanos de Madrid venían a Barcelona a informarse y a seguir con entusiasmo las peripecias del movimiento que se preparaba, aunque fuera a favor del extremismo nacionalista; aunque tendiera a la destrucción de la convivencia. La de los citados republicanos, como Azaña, fue una actitud política que implicaba la tácita, y en lo decisivo expresa, aceptación de los postulados disidentes sin evaluar, por ignorancia o falsa confianza, las consecuencias de tal entreguismo.

En su libro Mi rebelión en Barcelona, Azaña dice haber mantenido una postura legalista, negociadora en lo posible, tratando de calmar a Companys, que entonces y apenas disimulado preparaba su propio golpe contra un Gobierno legítimo y democrático. Pero documentos de la dirección socialista prueban que Azaña mintió, pues había tratado de que el PSOE apoyara una insurrección con base en Barcelona. Este intento o golpe de Estado frustrado es el menos conocido de cuantos se produjeron el año 1934. Los líderes socialistas rechazaron la propuesta, ya que estaban organizando su propia sublevación, y no pensaban supeditarse a esos partidos que insistían propagandísticamente en tildar de "burgueses": estos partidos podían, si querían, apoyar en plan auxiliar al PSOE. Es decir, los socialistas estaban de acuerdo en el objetivo pero no en el liderazgo del mismo.

Y así aconteció. Azaña niega haber participado en la insurrección de 1934, comienzo real de una guerra civil, pero su menguado partido, Izquierda Republicana, propugnó entonces públicamente el empleo de "todos los medios" para derribar el Gobierno salido de las urnas. Azaña, irredento megalómano, solía negar todo lo que evidenciaba su conducta, carácter, decisiones comprometedoras y posicionamiento sociopolítico; aunque, y de su propio puño y letra, a destiempo e inmerso en soledad, preso de abatimiento culpable, conflicto interno y asomo de disculpa, lo admitía.

La finalidad del alijo capturado a bordo del Turquesa no era otra que la de armar a los socialistas preparados para la insurrección violenta. No en vano, el 25 de septiembre El Socialista anunciaba: "Renuncie todo el mundo a la revolución pacífica, que es una utopía; bendita la guerra". Dos días después, remachaba el mismo periódico: "El mes próximo puede ser nuestro octubre. Nos aguardan días de prueba, jornadas duras. La responsabilidad del proletariado español y sus cabezas directoras es enorme. Tenemos nuestro ejército a la espera de ser movilizado". Antes de concluir el mes, el Comité central del PCE anunciaba su apoyo a un frente único con finalidad revolucionaria.

El 1 de octubre la CEDA retiró los votos con los que apoyaba y sostenía al Gobierno. Era necesario formar un nuevo gobierno. Las izquierdas reiteraron su advertencia: si aparecían ministros de la CEDA (la formación política que había ganado las elecciones) provocarían la revuelta armada. En la lista que Alejandro Lerroux (Partido Radical), nuevo Presidente del Gobierno, presentó a Niceto Alcalá Zamora, Presidente de la República, en la tarde del 3 de octubre, figuraban tres miembros de aquella agrupación de derechas: el regionalista navarro Rafael Aizpún, para la cartera de Justicia; el sevillano Manuel Giménez Fernández que se había declarado expresamente republicano y que defendía la puesta en marcha de la reforma agraria, para la de Agricultura; y el catalán y antiguo catalanista José Anguera de Sojo, en Trabajo.



De la propaganda a la acción armada

Las campañas de desestabilización izquierdistas-separatistas en verano de 1934, desembocaron en la gran insurrección armada de octubre. El proceso conspirador ideado, desarrollado y dirigido según dos concepciones sociopolíticas aliadas aunque divergentes en sus objetivos últimos, la del PSOE y la de ERC, culminaba en la plasmación bélica y usurpadora del poder.

En la insurrección de 1934, política y armada, intervinieron como detonantes el mayor partido de las izquierdas en el conjunto de España, el PSOE (Partido Socialista Obrero Español) y el mayor en Cataluña, la ERC, (Ezquerra Republicana de Catalunya) más los comunistas todavía incipientes y escasamente respaldados, añadiéndose algunos sectores anarquistas, siempre combativos contra todo y todos, y con el apoyo político de las izquierdas republicanas. Cuando, en el transcurso de los dos primeros días, el 6 y el 7 de octubre, muchos creyeron en el triunfo de la insurrección, dichas izquierdas, y con especial dureza el partido de Azaña, IR, proclamaron su ruptura con las Instituciones y su disposición a imponerse por cualesquiera medios. Por tanto, la insurrección no fue obra de grupos marginales carentes de representatividad institucional y poder político. Esta cuestión es de suma importancia, ya que una actitud levantisca en los partidos principales de la oposición, o anticonstitucional en los que están en el poder, anula la democracia. Las formaciones políticas responsables de la insurrección armada —a la que aspiraban socialistas, comunistas y separatistas— causaron al régimen republicano una herida incurable.

Desde 1933 la insurrección socialista perseguía instaurar un régimen de tipo soviético denominada "dictadura del proletariado". La documentación al respecto es hoy completamente probatoria. En cuanto a los nacionalistas catalanes de izquierda, había divisiones: unos pretendían demoler la legalidad republicana para formar una especie de confederación y otros pensaban en la secesión completa; incluso muchos de los primeros veían la confederación como un paso previo, y amortiguador en ciertas conciencias foráneas, a la secesión; a menos que ellos, en nombre de Cataluña, jugaran el papel dominante, política y financieramente, en el conjunto de España.

El levantamiento en aquel octubre fue concebido exacta y precisamente como una guerra civil, según consta inequívocamente en las instrucciones secretas para la insurrección. No como una huelga de gran alcance o un golpe de Estado. El contenido abiertamente de confrontación bélica civil en la propaganda de aquellos días tiene a menudo rasgos espeluznantes, como la pública disposición de las juventudes socialistas a realizar con entusiasmo las numerosas ejecuciones previstas, o las exhortaciones al odio como una virtud revolucionaria.

Equivale el despliegue revolucionario de octubre en Asturias a la primera batalla formal de la guerra civil, aun considerando objetivamente que el foco revolucionario asturiano era parte de una insurrección de esencia revolucionaria desigualmente secundada en otros lugares de España. La contienda bélica —pues eso fue, una guerra, la denominda "de los quince días"— en Asturias fue la más sangrienta, y larga de los sucesos de octubre; pero no se concebía como la decisiva para alcanzar los fines de los impulsores. El diseño de octubre de 1934 trazaba los parámetros de un movimiento conducente a la guerra civil, y no sólo resultó el más sangriento de cuantos la izquierda revolucionaria emprendió en Europa desde el año 1917, sino también el mejor organizado y armado.

Los revolucionarios pretendían aniquilar la República —que denunciaban burguesa, acomodaticia y laxa con los que ellos consideraban antirrepublicanos y que alternaban en el poder, democráticamente, con esa izquierda "señorial y aséptica" representada en la figura y política de Manuel Azaña—, e implantar la dictadura del proletariado, tendente a la sovietización de la sociedad. El PSOE eligió el camino de la guerra civil porque creyó llegadas las condiciones históricas para derrocar a la burguesía y desplegar la revolución socialista, el socialismo real caracterizado por la imposición y el sometimiento, su objetivo programático. La ERC, por su parte, presididos sus planteamientos por la ambigüedad -no propugnaban ni la guerra ni la revolución-, a diferencia de sus calculadas acciones, no obstante sentó las bases en Cataluña para que se produjeran ambas: la guerra civil y la revolución; la consigna de un "Estado catalán dentro de la República Federal española" subvertía violentamente la legalidad de la II República. Y era el paso previo -el que encubre- al anhelo secesionista.



Los hilos que movieron las sombras

La composición del nuevo Gobierno Lerroux, con tres ministros de la CEDA, se hizo pública al anochecer del día 4 de octubre. Las comisiones ejecutivas del PSOE y de la UGT se hallaban reunidas, a la espera de noticias, en la redacción del diario El socialista, sita en la calle Carranza, 20, de Madrid. En cuanto conocieron los nombres del nuevo Gobierno dieron la orden de iniciar inmediatamente la huelga general revolucionaria que tenían preparada en toda España. En caso de fracasar la huelga y por extensión el movimiento revolucionario acordaron no asumir responsabilidades, achacando la revuelta a una "reacción espontánea del pueblo".

Aquella misma noche se registraron las primeras escaramuzas armadas en Madrid, y durante la madrugada en Asturias, resonando el llamamiento insurreccional mediante fortísimas descargas de dinamita que pusieron en pie de guerra al que muy pronto se llamaría "Ejército Rojo", el cual en la madrugada tomó por asalto veintitrés casas-cuartel de la Guardia Civil ubicadas en las cuencas mineras, con asesinato de muchos guardias. Seguidamente la hoguera se propagó a numerosos puntos del territorio nacional donde los socialistas habían hecho acopio de armas. De todos modos el seguimiento fue muy desigual, con amplias zonas donde la consigna caló poco o el Ejército tomó posiciones preventivas rápidamente. Por ejemplo, se advirtió escaso o ningún movimiento en Galicia -aunque fue declarada la huelga general en las cuatro capitales gallegas-; Andalucía, salvo en algunas localidades mineras de Huelva y Córdoba que inmediatamente atajó el Ejército; Extremadura, la región valenciana, Murcia y las dos mesetas, excepto algún brote muy localizado pero muy violento. En general, allí donde predominaba la CNT la gente se mantuvo quieta, viéndolas venir. Aragón también permaneció bastante pacífico, salvo Zaragoza, donde radicaba el comité nacional de la CNT. Se declaró la huelga, pero sin pasar a mayores. En Madrid, los focos subversivos fueron dominados rápidamente por las Fuerzas de Seguridad y el Ejército, aunque las escaramuzas y pacos (disparos de francotiradores) desde azoteas, portales u otros parapetos, se prolongaron hasta el día 9.

En cambio, en la cornisa cantábrica los brotes revolucionarios alcanzaron niveles de máximo dramatismo. Así ocurrió en Guipúzcoa, con dos puntos destacados: Eibar y Mondragón. En la primera, los socialistas se hicieron dueños de la población, asaltaron las fábricas de armas y mataron en plena calle al presidente del Círculo Tradicionalista, Carlos Larrañaga. Los duros enfrentamientos con las fuerzas del orden ocasionaron un guardia de asalto y nueve insurrectos muertos, aparte de numerosos heridos. En Mondragón los huelguistas asesinaron al ex-diputado tradicionalista y gerente de la Unión Cerrajera, Marcelino Oreja Elósegui; también asesinaron al consejero de la misma empresa, Dagoberto Resusta. Asimismo Bilbao, y en especial su zona industrial y minera, sufrieron los efectos revolucionarios, pero las fuerzas del Gobierno lograron imponerse pronto y sofocar la situación.

Sólo en la parte minera los sediciosos ofrecieron mayor resistencia, pero el día 12 quedaba toda Vizcaya bajo control. En las localidades industriales santanderinas de Torrelavega y Reinosa hubo víctimas, sin embargo la revuelta fue rápidamente sofocada. De igual modo se registraron enfrentamientos violentos en los cotos mineros de Guardo y Barruelo, provincia de Palencia; en esta última localidad fue asesinado el hermano Bernardo, director de las Escuelas Cristianas, y el teniente coronel de la Guardia Civil, Ángel Sáez de Ezquerra, cuando intentaba parlamentar con los revoltosos, aparte de incendiar la iglesia parroquial y el ayuntamiento. Otro punto caliento se localizó en las minas de Sabero (León), donde se organizó un simulacro de "Ejército Rojo" bajo el mando del maestro de escuela Santiago Riesgo, alias Pelines; ardió la iglesia y el ayuntamiento y cayó asesinado el industrial Ricardo Tascón, con un cartucho de dinamita que le ataron a la cintura.

De forma simultánea a la orden del PSOE para desencadenar la revolución, el partido de Azaña, Izquierda Republicana, daba a la prensa —se publicó el 5 de octubre— una nota subversiva, que imitaron los demás partidos republicanos no gubernamentales en estos términos: "Izquierda Republicana declara que el hecho monstruoso de entregar el gobierno de la República a sus enemigos es una traición, rompe toda solidaridad con las actuales instituciones del régimen y afirma su decisión de acudir a todos los medios de defensa de la República".

Tras el despliegue de agresividad característico de la propaganda izquierdista el 5 de octubre, al día siguiente, 6, tenía lugar la insurrección propiamente dicha. Su carácter violento quedaba de manifiesto desde el comienzo, con asesinatos y proclamas subversivas. En Barcelona, el dirigente de ERC, Companys, anunció desde el balcón principal del palacio presidencial de la Generalidad el nacimiento de: "El Estado Catalán dentro de la República Federal Española". Pero los dirigentes de izquierdas no recibieron el apoyo que esperaban de la calle ni de la Guardia Civil o la Guardia de Asalto que no se sumaron al levantamiento. El estallido revolucionario se diluyó prontamente en la mayoría de España; y salvo en Asturias -la cuenca minera y el asedio a la capital Oviedo- en pocas horas quedaron sofocados y reducidos los movimientos insurgentes.

Ni el Ejército, con el que el PSOE había mantenido contactos a través de sus infiltrados, ni las masas populares se sumaron al golpe de Estado concebido por el PSOE y la ERC, y por otros avalado desde un segundo plano a la expectativa y a resguardo; aunque para algunos no fuera suficiente el disimulo y la ocultación.

El 6 de octubre, mientras se extendía el incendio revolucionario socialista en Asturias, Lluís Companys, presidente de la Generalidad de Cataluña, conocido miembro de la Masonería, proclamaba desde el balcón de la plaza de San Jaime y ante reducido público su diseñado "Estado catalán" y diatribas contra el gobierno legítimo de la República al que señaló como "las fuerzas monarquizantes y fascistas". Las fuerzas de Orden Público en Cataluña dependían de la Generalidad, pero excepto los Mozos de Escuadra no obedecieron a Companys sino al general Domingo Batet, jefe de la Cuarta División Orgánica, que declaró el estado de guerra y envió algunas unidades del Ejército para disuadir a los rebeldes.

Tras una selectiva andanada artillera apuntando la fachada de la Generalidad, Companys se rindió a primera hora de la mañana siguiente, tras una frenética noche de mensajes radiados que sembraron ora la angustia ora el estupor en Cataluña.

El Ejército buscó por toda Barcelona a Manuel Azaña que por fin fue hallado en su escondrijo y posteriormente encarcelado.



La respuesta del Gobierno


En la tarde del 5 de octubre de 1934 y hasta bien avanzada la noche, comenzaron a acumularse en la mesa del ministro de la Guerra, Diego Hidalgo, telegramas alarmantes. Había comenzado la huelga general en Asturias y un ejército de mineros, aproximadamente 30.000, emprendía la marcha sobre Oviedo después de apoderarse de Mieres y de toda la cuenca del Nalón. El socialista Ramón González Peña había asumido el mando de esta tropa revolucionaria. La capital asturiana no estaba en condiciones de resistir un asalto; a su vez, en Gijón, segunda ciudad de la región y principal puerto, algunos barrios se hallaban erizados de barricadas que preparaban reductos para la resistencia. A las ocho de la tarde, ante una multitud de fervorosos, Companys izó en el balcón de la Generalidad la bandera de su neonata República catalana. Pero en Madrid, salvo algunos disparos que, desde la guerra de África, se llamaban "pacos" (o de paqueo) por el doble eco que dejaban oír, la revolución fracasó ya desde el primer instante.

Desde algunas semanas antes Diego Hidalgo tenía previstas sus decisiones: encargó al general Domingo Batet que, en Cataluña, diese cumplimiento al bando de guerra que Lerroux anunciaba por radio a toda España y dispuso como medida de eficacia militar que se llamase a Francisco Franco, que por aquellos días visitaba Madrid. Hasta la tarde del día 6 no llegó el general Franco al Ministerio, vestido de paisano. A esas horas vespertinas, en Asturias, González Peña ya era dueño de la fábrica de armas de Trubia y disponía de 29 cañones para apoyar a sus mineros. Al obtener Lerroux la firma del decreto de la Presidencia estableciendo el estado de guerra, había proporcionado a su ministro la oportunidad de retener a Franco junto a sí, sin que ocupara ningún cargo oficial, pero con la orden precisa de que le fuera dictando las disposiciones necesarias para acabar con aquella situación.

A la vista de los informes y datos que le suministraron, Franco únicamente comentó: "Esto es grave; en Oviedo no hay fuerzas para hacer frente a la insurrección". De hecho, sumando los soldados del Regimiento de Milán y del Batallón de Zapadores de Gijón a las fuerzas de la Guardia Civil, el Gobierno se aproximaba a los dos millares y medio de fusiles en la región asturiana. Llegaban desde otros lugares tales como las Vascongadas, Aragón, Extremadura, León y Palencia, noticias de pequeños brotes revolucionarios de escasa importancia.

La presencia de Franco y las buenas noticias que llegaban de Barcelona, donde Batet había bloqueado la insurrección, infundió tranquilidad al Gobierno. El propio Diego Hidalgo explicó posteriormente en sus Memorias que Franco no ostentó, en esos momentos, mando alguno, ni sobre las tropas convergentes sobre Asturias, al mando del general López Ochoa, ni en la Jefatura del Estado Mayor, que seguía ostentando el general Carlos Masquelet —seguidor de Azaña, recomendado por este a Lerroux a modo de un "regalo de amigo". Instalado en el Gabinete telegráfico, centro neurálgico de comunicaciones, Franco reunía todos los informes para su detenido estudio fijando las noticias en un plano de situación y elaborando las decisiones ejecutivas que pasaba al ministro que las hacía suyas.

En esta tarea ayudaron a Franco otros jefes militares: el capitán de Navío Francisco Moreno Fernández, el capitán de Corbeta Pablo Ruiz Marset y los tenientes coroneles Jesús Sánchez Posada y Francisco Franco-Salgado. Un colaborador habitual de Franco, Camilo Alonso Vega, estaba en Oviedo defendiendo el cuartel de Santa Clara contra los revolucionarios. Hidalgo no quedó defraudado por la rapidez y eficacia de las decisiones. Franco llamó a Batet y, sin tener en consideración la diferencia de grado entre ambos, le reprochó la lentitud en la batalla de Barcelona; la respuesta de Batet, tranquilizadora, fue que esperaba a la noche porque las circunstancias iban a ser más favorables. De hecho, a las seis de la mañana del día 7 telefoneó al ministro para comunicar la rendición de Companys.

El ministro Diego Hidalgo, a la vez, y aconsejado, sustituyó en el propio Ministerio a aquellos oficiales que consideraba demasiado fieles a Azaña, llamando a otros de la escala de complemento, y destituyó a los que se mostraban renuentes o vacilaban inconvenientemente a la hora de cumplir las órdenes; sin hacer excepción con sus amigos y parientes. Fue decisión de Francisco Franco el plan de realizar un movimiento convergente sobre el núcleo revolucionario asturiano desde sus tres fronteras, la creación de la columna Solchaga, el empleo de la Flota para el rápido traslado de tropas desde África y hasta la designación de Juan Yagüe para mandarlas.

Habla Franco con sus colaboradores y el ministro de la sucesión de hechos las semanas anteriores, hasta desembocar en ese presente de guerra declarada, y escribe: "Las armas las había alijado el vapor "Turquesa" con anticipación y había encontrado todas las facilidades en los gobiernos republicanos que, pretendiendo eran para la revolución en Portugal, se había dado orden a los cónsules en el extranjero para su despacho. La concatenación del intento revolucionario en Asturias, Cataluña y Madrid pretendía les asegurase el triunfo. Fracasado en Madrid, por las previsiones del Gobierno, estrangulado en Barcelona por la rapidez y decisión con que obraron varios Jefes del Ejército al tomar por asalto la Generalidad de Cataluña en que se encontraba el mando de la rebelión en Barcelona, ésta quedó reducida al reducto montañoso de Asturias, donde la revolución había sido concienzudamente preparada por agentes de Moscú".

Asturias, pues, fue la excepción a la regla de rápida sofocación de los núcleos insurrectos; los alzados lograron un éxito inicial y dieron comienzo a un proceso revolucionario que marcaría la pauta para lo que sería la guerra civil de 1936. La desigualdad inicial de fuerzas fue verdaderamente extraordinaria. Los alzados sumaban un ejército de unos treinta mil mineros bien pertrechados gracias a las fábricas de armas de Oviedo y Trubia y bajo la dirección de miembros del PSOE como Ramón González Peña, Belarmino Tomás y Teodomiro Menéndez, aunque una tercera parte de los insurrectos pudo pertenecer a la CNT, obediencia anarquista y al incipiente partido comunista, de obediencia soviética. Dos de sus objetivos inmediatos eran los de dominar hacia el sur el puerto de Pajares para llevar la revolución hasta las cuencas mineras de León y desde allí, con la complicidad del sindicato ferroviario de la UGT, al resto de España, y apoderarse de Oviedo. Frente a los sublevados se oponían mil seiscientos soldados y unos novecientos guardias civiles y de asalto que contaban con el apoyo de civiles en Oviedo, Luarca, Gijón, Avilés y el campo. La acción de los revolucionarios siguió patrones que recordaban trágicamente los males sufridos en Rusia y Finlandia. Mientras se procedía a detener e incluso asesinar a personas tan sólo por su pertenencia a un segmento social concreto, se desataba una oleada de violencia rabiosa contra el catolicismo que provocó desde la quema y profanación de lugares de culto -incluyendo el intento de volar la Cámara Santa- al fusilamiento de religiosos. Los episodios resultaron numerosos y recordaban las atrocidades de los bolcheviques contra los cristianos rusos o las del ejército mexicano contra los católicos.

La sublevación adquirió caracteres de guerra civil en Asturias, con todas las cuencas mineras alzadas en armas. Se formó un comité de Alianza Obrera, convertido luego en Comité Revolucionario Provincial, instalado en el ayuntamiento de Mieres, para dirigir la revolución. Integraban el comité representantes de todas las fuerzas obreras: socialistas, comunistas, anarquistas —que aquí sí se incorporaron a la revuelta, a diferencia de otros lugares de España— y el minúsculo BOC (Bloque Obrero y Campesino), todos ellos bajo el mando supremo del diputado socialista Ramón González Peña, al que los suyos pronto llamaron "Generalísimo". El grito de guerra fue UHP (Unión de Hermanos Proletarios), que se haría famoso desde entonces como sinónimo de revolución. Se publicó un bando en todas las comarcas dominadas por los facciosos "llamando a filas", a todo el proletariado, para formar el Ejército "rojo". Apremiaba a incorporarse a todos los trabajadores "que estén dispuestos a defender con su sangre los intereses de nuestra clase proletaria (...) contra nuestros explotadores, el clero, los militares podridos (...). Curiosamente, los mineros sublevados tenían trabajo estable asegurado y eran los asalariados mejor pagados de España, merced a las subvenciones estatales a unas minas deficitarias. El autodenominado Ejército Rojo se hizo dueño de las cuencas mineras y en el acto dieron iniciaron los asesinatos y toda clase de tropelías.

Cuando llegaban a Mieres camiones con paisanos y sacerdotes detenidos gritaban: "¡Llevamos fascistas, llevamos curas!". El mismo día 5 se dirigieron a Oviedo, y mantuvieron la capital asediada durante una semana. Bombardearon, dinamitaron o incendiaron edificios tan emblemáticos como la Universidad, donde ardieron los cien mil volúmenes de su biblioteca, o la Cámara Santa de la catedral, aparte de un elevado número de fincas urbanas particulares. La calle Uría, una de las principales, quedó reducida a escombros en gran parte. Prendieron fuego al palacio episcopal, al seminario diocesano, al convento de Santo Domingo, a la delegación de Hacienda, al banco Asturiano, al hotel Covadonga, a los almacenes Simeón y al colegio de niñas huérfanas recoletas de Santa Catalina. González Peña ordenó forzar las cámaras acorazadas del Banco de España, de las que los dirigentes revolucionarios sustrajeron 14.425.000 pesetas, que no volvieron a recuperarse. Intentaron también volar la caja fuerte del Banco Herrero sin conseguirlo antes de huir de Oviedo. Un personaje especialmente sanguinario de aquellas jornadas fue un dependiente de comercio, muy conocido en la ciudad, de apariencia bonachona y apacible, llamado Jesús Argüelles Fernández, alias Pichilatu; posteriormente sería uno de los dos condenados a muerte cuyas sentencias se ejecutaron, junto al sargento Diego Vázquez, desertor.

El mismo día 6 de octubre habían quedado sofocados enérgicamente los brotes revolucionarios en el resto de España, especialmente virulentos en Madrid y en Vascongadas, aunque de proporciones reducidas. La atención gubernamental, pues, se centraba en Barcelona y Asturias. La primera medida del general Franco, que conocía perfectamente el teatro de operaciones asturiano, fue enviar a Barcelona un destacamento y a Asturias, a bordo de la Escuadra, una columna de choque formada por fuerzas de la Legión y los Regulares. En Barcelona los legionarios desembarcaron cuando ya la rebelión había sido sofocada por el general Batet, quien había asegurado el orden constitucional en toda Cataluña.
lionheart
 

Notapor lionheart » 05 Oct 2009, 01:45

Discurso de Lago Caballero, publicado en "El Socialista" en 1.933.

“Se dirá: ¡Ah, ésa es la dictadura del proletariado! Pero ¿es que vivimos en una democracia? Pues ¿qué hay hoy, más que una dictadura de burgueses? Se nos ataca porque vamos contra la propiedad. Efectivamente.

Vamos a echar abajo el régimen de propiedad privada. No ocultamos que vamos a la revolución social. ¿Cómo? (Una voz en el público: ‘Como en Rusia´). No nos asusta eso.

Vamos, repito, hacía la revolución social… mucho dudo que se pueda conseguir el triunfo dentro de la legalidad.

Y en tal caso, camaradas, habrá que obtenerlo por la violencia… nosotros respondemos: vamos legalmente hacia la revolución de la sociedad. Pero si no queréis, haremos la revolución violentamente (gran ovación).

Eso dirán los enemigos, es excitar a la guerra civil… Pongámonos en la realidad. Hay una guerra civil… No nos ceguemos camaradas.

Lo que pasa es que esta guerra no ha tomado aun los caracteres cruentos que, por fortuna o desgracia, tendrá inexorablemente que tomar.

El 19 vamos a las urnas… Mas no olvidéis que los hechos nos llevarán a actos en que hemos de necesitar más energía y más decisión que para ir a las urnas. ¿Excitación al motín? No, simplemente decirle a la clase obrera que debe preparase…

Tenemos que luchar, como sea, hasta que en la torres y en los edificios oficiales ondee, no la bandera tricolor de una República burguesa, sino la bandera roja de la Revolución Socialista”.

_____________________________________________________________________________________________________


Con dos cojones. Republicano si, pero si ganan las elecciones "los mios". La legalidad si pero sólo "si consigo lo que quiero a través de ella", sino puedo conseguirlo, a tirar de "ilegalidad".

Justifica de forma explícita la violencia como recurso para obtener fines. Afirma que está ( en 1.933 ) en una guerra civil.

Aunque la califica "de bajo grado sin decirlo" entiende que tarde o temprano terminará siendo cruenta.

¿Le importaba La II República? Ni una mierda, De hecho la UGT apoyó La Disctadura de Primo de Rivera.

¿Que es lo que quería?. Legalmente o ilegalmente, por medios pacíficos o por medios violentos, imponer su ideología.

¿Y a eso se le llama .... ?.
lionheart
 

Notapor lionheart » 06 Oct 2009, 00:18

"DOCE CLAVES DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA 1934-1939" Del blog
ESTE

1ª. El ex consejero del general y dictador Miguel Primo de Rivera Orbaneja, ex ministro de la República y líder socialista Francisco Largo Caballero, el 13 de noviembre de 1933 afirmó:

[b]“El jefe de Acción Popular decía en un discurso a los católicos que los socialistas admitimos la democracia cuando nos conviene, pero cuando no nos conviene tomamos por el camino más corto. Pues bien; yo tengo que decir con franqueza que es verdad. Si la legalidad no nos sirve, si impide nuestro avance, daremos de lado a la democracia burguesa e iremos a la conquista revolucionaria del Poder”. [/b]El socialista Gabriel Mario de Coca. Anti-Caballero. Crítica marxista de la bolchevización del Partido Socialista (1930-1936). Madrid, 1936, p. 121. /El chantaje de la izquierda. Las falsedades de la Guerra Civil española. Madrid, 2004, p. 13/.

2ª. En abril de 1933, el gobierno republicano de izquierdas perdía las elecciones municipales parciales. En septiembre perdían las elecciones al Tribunal de Garantías Constitucionales, y los ministros socialistas salen del Gobierno. En noviembre se celebran elecciones generales y la izquierda es nuevamente derrotada. /p. 13/.

Indalencio Prieto Tuero, ex ministro de la República y portavoz socialista, declara en el Parlamento el 20 de diciembre de 1933:

[b]“Decimos, Sr. Lerroux y Sres. Diputados, desde aquí, al país entero, que públicamente contrae el partido socialista el compromiso de desencadenar, en ese caso, la revolución”. [/b]Diario de Sesiones de Cortes. Congreso de los Diputados, 20 de diciembre de 1933, p. 25. /p. 14/.

3ª. Febrero de 1934. Instrucciones del Comité Nacional Revolucionario elaboradas por Francisco Largo Caballero:

[b]“En esta acción nos lo jugamos todo y debemos hallarnos dispuestos a vencer o morir.

Nadie espere triunfar en un día en un movimiento que tiene todos los caracteres de una guerra civil”.
[/b]Escritos de la República. Notas históricas de la guerra en España (1917-1940). Madrid, 1985, pp. 95 y 98. /p. 22/.

4ª. El Socialista (Órgano de la Ejecutiva del Partido Socialista), 21 de abril de 1934, portada:

“Discurso de Largo Caballero a los jóvenes socialistas.

“Yo no tengo escrúpulos de decir ante vosotros que hay que organizar nuestro ejército (...) vamos a la conquista del Poder como sea.

¡Camaradas! Organizad la lucha final. La batalla será cruel y larga”.
/p. 18/.

5ª. El 4 de octubre de 1934 los socialistas lanzan la Guerra Civil, y dos días después el Gobierno de la República proclama el estado de guerra. /pp. 22 a 25, 102 y 103/.

El intelectual y liberal doctor Gregorio Marañón Posadillo, el 16 de abril de 1939 desde su exilio escribía en el cubano Diario de la Marina:

“Los políticos que eran liberales cuando empezó nuestra revolución actual –en Asturias, en 1934; y no en Marruecos, en 1936-“. /p. 22/

6ª. El 23 de julio de 1936, el secretario general de la Internacional Comunista, Georgi Dimitrov, remite un documento secreto al Partido Comunista de España dictando la táctica a seguir:

“En la presente etapa no deberíamos asumir la tarea de crear soviets y de tratar de establecer una dictadura del proletariado en España. Eso sería un error fatal. Así pues, debemos decir: actuar bajo la apariencia de defender la República”. Ronald Radosh, Mary R. Habeck y Grigory Sevostianov. España traicionada. Stalin y la guerra civil. Barcelona, 2002, p. 45. /p. 89/.

7ª. Claridad (Órgano de los socialistas partidarios de Francisco Largo Caballero), 24 de julio de 1936, p. 3:

“La guerra civil es esto. Es una guerra a muerte. Las blanduras, los enternecimientos y las consideraciones secundarias se pagan muy caro. Un bombardeo sin contemplaciones es, en ocasiones, la garantía de que no tendrá que destruirse un pueblo entero”. /p. 38/.

8ª. Mundo Obrero (Órgano Central del Partido Comunista), 10 de agosto de 1936, portada:

“LA CONSIGNA ES: EXTERMINIO”.

24 de agosto de 1936, portada:

“¡FIRMES, HASTA EXTERMINARLOS!”. /p. 39/.

9ª. Francisco Largo Caballero máximo dirigente del Frente Popular recibe una carta de Moscú que contiene “cuatro consejos de amigos”, el tercero de los consejos es muy significativo. La carta estaba escrita en francés -el New York Times la publicó en inglés el 4 de junio de 1939-, y así lo cuenta el coronel o general republicano, el hermano Segismundo Casado López:

“A principios de octubre de 1936 era yo Jefe de Operaciones del Estado Mayor del Ejército republicano. Por esos días se presentaron en el Ministerio de la Guerra varios generales y jefes soviéticos que se decían “Consejeros amigos”. Estos militares los envió la Unión Soviética a requerimiento reiterado del Gobierno español, según se acredita en la carta que sigue, que copiamos por su extraordinaria importancia.

Dice así: CONFIDENCIAL




“Al Camarada Largo Caballero.

Valencia.

Querido Camarada:

(...) hemos accedido a vuestras demandas reiteradas (...) a enviar un número de camaradas militares (...).

He aquí cuatro consejos de amigos que sometemos a vuestra consideración:




3. No es necesario apartarse de los partidos republicanos, sino al contrario, es preciso atraerlos y aproximarse al Gobierno. Es sobre todo necesario asegurar al Gobierno el apoyo de Azaña y de su grupo, ayudándoles a salvar sus dificultades. Es necesario evitar que los enemigos de España, la consideren una República comunista.

Salud Fraternal.


Firma: K. Voroshilov, N. Molotov, J. Stalin. Moscú, 21 de diciembre de 1936”. Así cayó Madrid. Madrid, 1968, pp. 73 a 76. /pp. 31 y 32/.

10ª. Aunque recogí en el libro algunos testimonios del liberal y antifranquista Salvador de Madariaga Rojo, no cité esta afirmación porque recogí otros testimonios y hechos más concretos dentro de los apartados que titulé: “Al precio de fracturar España” y “Al precio de una guerra civil dentro de la Guerra Civil”. Esto es lo que afirmaba el ex embajador y ex ministro republicano:

“Desde aquel momento, la Guerra Civil degeneró en un duelo desigual entre un ejército bien en mano de su jefe con un Estado regido por una disciplina militar, frente a una turba de tribus malavenidas, la U.G.T., la C.N.T., la F.A.I., el P.O.U.M., el P.S.U.C., el Partido Comunista, el Partido Socialista partido por gala en dos, la Generalitat, Euskadi y otros que olvido, cada uno tirando por su lado. Esta multitud de multitudes no podía aspirar ni de lejos al nombre de alianza, porque vivía en guerra civil endémica. Y no se crea nadie que estas palabras “guerra civil” vengan aquí como metáfora. Trátase por el contrario de una descripción exacta de la realidad, con sus batallas, planes de campaña, bajas y victorias y derrotas. (...) al punto de que en la lucha solía caer tal o cual cabecilla de una u otra de estas sectas; otras de ellas, como la de los Catalanes a los Vascos aspiraban a separarse de los Castellanos, soñando con el Estado lo más integral posible, en pleno olvido de la creación superior –aquella España todavía no plenamente realizada, de que ya casi ni se hablaba y que yacía desangrada e inerme entre unos y otros”. España. Ensayo de Historia Contemporánea. México-Buenos Aires, 1955, pp. 689 y 690.

11ª. A primeros de marzo de 1937, Georgi Dimitrov recibe un largo informe de uno de sus confidentes en el Frente Popular, y con fecha 23 de ese mes remite el informe alto secreto al comisario soviético para la Defensa, el mariscal Kliment Voroshílov, y entre muchos e interesantes datos, en un párrafo dice lo siguiente:

“En la retaguardia existe un gobierno oficial permanente o, con mayor veracidad, tres gobiernos oficiales: Valencia, Cataluña y el País Vasco. En torno a esos tres gobiernos hay otros, más grandes o más chicos, más o menos autónomos, que demuestran su poder. Todo eso se debe a la debilidad gubernamental (...)”. España traicionada, p. 208. /p. 49/.

12ª. Cuando hacía tres días que los dirigentes del Frente Popular habían huido por segunda vez en un mes a seguro territorio francés, y esta vez para no volver –Indalencio Prieto Tuero hacía ya 100 días que había huido y Francisco Largo Caballero 40-, y Madrid era testigo de la carnicería de la última batalla de la guerra civil en la Guerra Civil, entre prosoviéticos socialistas y comunistas contra anarquistas y algunos republicanos y socialistas, el 9 de marzo de 1939 Mundo Obrero afirmaba en su portada:

“El Gobierno de la República, que preside el doctor Negrín, está hoy en su puesto, como lo estuvo en los días críticos de Cataluña. Falta a la verdad quien diga lo contrario”. /p. 127/.

Ángel Manuel González Fernández, junio de 2008.
__________________________________________________________________________________________________________________
lionheart
 

Notapor txabier » 06 Oct 2009, 01:18

Extremecedor relato Lionheart, tanto este como el anterior "El barco prisión Alfonso Perez.

De hecho me los he copiado en un fichero para leérmelos de vez en cuando y así poder opinar y ser un poco mas imparcial cuando comente algo sobre la guerra civil española.

No obstante, sin querer justificar nada, ni hacer comparaciones, tengo que decirte que sin duda, en el "otro bando" hubo historias tan expeluznantes como las que relatas, con la diferencia que en ese "bando" hubo muchísimos mas muertos, y no solo durante la guerra, teniendo en cuenta que la represión franquista duro muchos años despues de terminada la contienda.

Otro dato a tener en cuenta, (y no menos importante) es que solo se reconoció a unas victimas, muchos de cuyos familiares fueron agasajados y compensados por el régimen... los otros siguen sin ser reconocidos.

No es mi intención crear ninguna polémica, pero yo todavía tengo familiares que no sé donde "descansan"

Saludos
txabier
 

Notapor lionheart » 06 Oct 2009, 01:41

Conmigo en ese aspecto, txavier no vas a crear polémica alguna por que estoy completamente de acuerdo en tus palabras.

No seré yo quién niegue o minimice lo ocurrido desde el 18 de Julio de 1.936 hasta los últimos momentos del franquismo por el bando golpista.

Antes al contrario, ya he dado mi opinión por activa y por pasiva en este foro de esa etapa, de las matanzas realizadas por los golpistas durante la guerra, la realizadas tras la misma, la prepresión, la privación de la libertad y de la dignidad a los enemigos del franquismo. No lo minimizaré jamas.

Pero ( y aquí viene el pero ) es que al igual que todas las barbaridades ocurridas en el bando franquista durante la guerra y todas las barbaridades ocurridas durante el franquismo no pueden "hacer buenas" otras barbaridades las cometiera quienes las cometieran.

Los sucesos del Cabo Quilates, o del Alfonso Pérez, o los de la Cárceles de Vizcaya son sucesos ciertos y el hecho de que yo les traiga a este foro no tratan de "ocultar" los sucesos de la Plaza de Toros de Badajoz, o miles de otros sucesos condenables y bárbaros cometidos por los golpistas, nada más lejos de mi intención por que esos también fueron ciertos y la historia es tozuda.

Todos sabemos que el Golpe de Estado del 36 es condenable, detestable, abominable, y miles de -ables ninguno positivos. Y aquí le puedes poner los miles de -ables que tú quieras.

Si lo traigo aquí, es por que hay quienes, comenzando por nuestro actual gobierno "nos quiere vender la moto de lo maravillosa que fue la II República Española" y "poco menos que de que los asesinos estaban sólo en uno de los bandos".

Siempre he sostenido lo mismo y siempre lo sostendré por que es mi convicción.

Todos los -ables negativos para el Golpe de Estado del 36 y del franquismo que yo estoy de acuerdo con ellos, pero hay sucesos acaecidos durante la II República Española y la parte Republicana de España durante la guerra civil que lejos de que la llegue a ver como un ejemplo de democracia y de libertades, la vea ( al menos a esos hechos ) como vomitiva y sonrojante.

Lamento que tengas seres queridos en esas lides, y espero que más pronto que tarde puedas conocer el paradero de sus restos.
lionheart
 

Notapor txabier » 06 Oct 2009, 01:58

lionheart escribió:Conmigo en ese aspecto, txavier no vas a crear polémica alguna por que estoy completamente de acuerdo en tus palabras.

No seré yo quién niegue o minimice lo ocurrido desde el 18 de Julio de 1.936 hasta los últimos momentos del franquismo por el bando golpista.

Antes al contrario, ya he dado mi opinión por activa y por pasiva en este foro de esa etapa, de las matanzas realizadas por los golpistas durante la guerra, la realizadas tras la misma, la prepresión, la privación de la libertad y de la dignidad a los enemigos del franquismo. No lo minimizaré jamas.

Pero ( y aquí viene el pero ) es que al igual que todas las barbaridades ocurridas en el bando franquista durante la guerra y todas las barbaridades ocurridas durante el franquismo no pueden "hacer buenas" otras barbaridades las cometiera quienes las cometieran.

Los sucesos del Cabo Quilates, o del Alfonso Pérez, o los de la Cárceles de Vizcaya son sucesos ciertos y el hecho de que yo les traiga a este foro no tratan de "ocultar" los sucesos de la Plaza de Toros de Badajoz, o miles de otros sucesos condenables y bárbaros cometidos por los golpistas, nada más lejos de mi intención por que esos también fueron ciertos y la historia es tozuda.

Todos sabemos que el Golpe de Estado del 36 es condenable, detestable, abominable, y miles de -ables ninguno positivos. Y aquí le puedes poner los miles de -ables que tú quieras.

Si lo traigo aquí, es por que hay quienes, comenzando por nuestro actual gobierno "nos quiere vender la moto de lo maravillosa que fue la II República Española" y "poco menos que de que los asesinos estaban sólo en uno de los bandos".

Siempre he sostenido lo mismo y siempre lo sostendré por que es mi convicción.

Todos los -ables negativos para el Golpe de Estado del 36 y del franquismo que yo estoy de acuerdo con ellos, pero hay sucesos acaecidos durante la II República Española y la parte Republicana de España durante la guerra civil que lejos de que la llegue a ver como un ejemplo de democracia y de libertades, la vea ( al menos a esos hechos ) como vomitiva y sonrojante.

Lamento que tengas seres queridos en esas lides, y espero que más pronto que tarde puedas conocer el paradero de sus restos.


Creo que vienen muy bien estos comentarios, que son como un aire fresco para este foro tan lleno de acritudes.

Lástima que en él no haya mas gente como tu... tomaré nota en lo que amí respecta.

Saludos cordiales
txabier
 

Notapor lionheart » 06 Oct 2009, 02:08

Gracias
lionheart
 

Notapor lionheart » 06 Oct 2009, 11:44

Es de justicia que cada familia que sufrió una pérdida durante la II República ( que no fueron pocos ) la guerra civil española (que fueron miles y miles ) y durante el franquismo ( que también fueron miles y miles ) pueda desenterrar a sus muertos y honrarlos se encuentren dónde se encuentren.

Eso no creo que lo discuta nadie, y si alguién lo discute, sea persona física o partido político, a mi entender, mal discutido.

Muchos serán irrecuperables por haber sido arrojados al mar tras su asesinato.

Los asesinados ( excluyo de este grupo a los que murieron en el campo de batalla ) lo fueron por acción de terceros y por la omisión de otros, en las 3 etapas. Y tanto los unos como los otros, fueron asesinos redomados que no pestañeaban al descerrajar un tiro en la nuca a otro ser humano si ello a su entender les llevaba a conseguir sus fines políticos.

La historia nos ha demostrado y salvo para unos cuantos ( cada vez menos por suerte ) que el franquismo como régimen que se perpetuó hasta la muerte del dictador fue nefasto, condenable y criticable por reducir a la nada las libertades, por aplicar la represión en juicios sumarísimos que muchas veces conducían ante un pelotón de fusilamiento y otras muchas a años y años de reclusión.

La historia nos ha demostrado que durante la guerra civil española, y lejos de los campos de batalla, los asesinatos eran cotidianos y bastaba por un lado con haber tenido un cargo durante la II República para ser pasaportado por uno de los bandos, como bastaba ser católico confeso para que ocurriera lo mismo por parte del otro bando.

Tratar a los unos, en ese periodo, de asesinos irredentos y a los otros como adalides de la libertad y de los derechos humanos es cuando menos pintoresco, por que la historia es tozuda.

Asesinos los unos y Asesinos los otros.

Por fortuna, cada vez se van conociendo más los hechos ocurridos durante la etapa de la guerra civil española lejos de los frentes de batalla y si alguien se siente orgulloso de ellos por cualquiera de los dos bandos, no puede ser sino tildado de basura humana.

Asesinos los unos y Asesinos los otros.

La II República Española, se quiere reivindicar como un régimen democrático, pacífico, de plenas libertades y como un modelo de convivencia a seguir.

También poco a poco los hechos van quitando la razón a quienes sostienen eso, por que la historia se basa en hechos y los hechos son incontestables.

Al franquismo lo que es del franquismo, a lo acontecido durante la guerra civil lejos de los frentes por ambos lados lo que le corresponda y a la II República lo mismo.

Somos muchos ( yo diría que una inmensa mayoría ) los que de la perepectiva del tiempo y con independencia de nuestras ideologías los que pensamos que en España lejos de los campos de batalla se mató mucho y se mató indiscriminadamente en los 3 periodos.

El que quiera ver "actos heróicos en pos de gloriosa cruzada" en fusilamientos tras juicio sumarísimo, o el que quiera ver "actos por la lucha de las libertades y los derechos humanos" en descerrajar tiros en la frente o en la nuca, pòr antagónicas que sean sus ideas no dejan de pertenecer a la misma basura.
lionheart
 

Notapor novaculae » 07 Oct 2009, 16:49

Un post que merece un aplauso.
Aqui echo de menos alguna palabra de los que celebran el dia del guerrillero.
Parece que los muertos no son iguales.
Saludos y espero ver más como estos.
novaculae
 

Re: Memorias Históricas .... Octubre de 1.934, Estado de Guerra.

Notapor novaculae » 11 Oct 2009, 19:45

http://www.cervantesvirtual.com/servlet ... utia07.pdf

Un testigo incómodo, Unamuno.
Escrito de su puño y letra.

Un saludo
El capital no es personal; es social.
Avatar de Usuario
novaculae
 
Mensajes: 1063
Registrado: 09 Oct 2009, 20:39


Volver a ¿Eres un parlamentario vocacional?

¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: Google [Bot] y 8 invitados