Rojo sobre blanco

Fútbol y resignación

Por José Luis Artetxe - Domingo, 11 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:01h.

SE esfuerza Ziganda, al igual que los jugadores, en mantener viva la llama de la esperanza mientras alrededor gana enteros la resignación. La convicción de que asistimos a una temporada de transición se generaliza en la calle ante la ausencia de síntomas que anuncien la enmienda, la reactivación, un salto cualitativo. Llegar a mayo sin sufrir más de lo estrictamente necesario, con el equipo situado en tierra de nadie en la liga, en una especie de limbo, por supuesto sin opción alguna de repetir presencia en Europa, sería entonces el objetivo a perseguir. Hablando en plata desde esta óptica: sumar los puntos necesarios para eludir sustos y esperar, tomándolo con filosofía, a que se produzca la eliminación continental, más pronto que tarde, acaso en la ronda que asoma a la vuelta de la esquina.

Con sus vaivenes, pero el Athletic, este Athletic cabría matizar, dado que el grueso de la plantilla no varía, nos había acostumbrado a la buena vida. Contabilizamos seis años donde no han faltado las alegrías, un período en que la ilusión prendía en el entorno por pura inercia. El club nos hizo creer que ser asiduos en la zona noble de la tabla, meter el morro en finales o disfrutar del extra que supone acudir a San Mamés para contrastar fuerzas con rivales de otras latitudes, era algo normal, lo normal, cuando nunca antes lo había sido.

Era preciso remontarse al comienzo de los ochenta para hallar el antecedente más próximo de un Athletic ejerciendo de gallo en el considerado mejor campeonato del mundo. Aquellos títulos, del todo inaccesibles en la actualidad a causa de la evolución económica y legal experimentada por el fútbol, siempre en detrimento de los intereses de la entidad rojiblanca, permanecían en la memoria a modo de reliquia. Se había asumido que participar de vez en cuando en el segundo torneo europeo constituía el techo deportivo, aunque en su fuero interno la afición fantaseaba con desplazarse en masa con la disculpa de una final de Copa. Tal era la expectativa hasta el repunte que hemos conocido en la vigente década.

Y de la mano de la euforia vino la rutina, que a su vez trajo la relajación, entendida esta como una valoración a la baja del grado de dificultad que entraña ocupar un lugar destacado de manera permanente. Con el Athletic codeándose año tras año con los mejores, arrebatando incluso un título al intratable Barcelona en un examen a doble partido, se ha corrido el riesgo de alimentar en exceso la autoestima y, sin darnos cuenta, de ceder a la tentación de la vanidad.

Despertar del sueño no es agradable, pero se diría que en ese trance nos hemos instalado. Del bienestar que creíamos inmutable hemos pasado a estrellarnos con la auténtica dureza del fútbol de elite, una realidad que estaba ahí delante, pero que pasaba desapercibida con las gafas del Athletic. Ese tránsito de la complacencia a la inquietud ha provocado un profundo malestar, últimamente exteriorizado sin reservas en San Mamés.

Resulta innegable que el enojo se ha ido cociendo lentamente, pues el equipo arrastra siete meses grises. Esa persistencia en la mediocridad es lo que peor se lleva, sencillamente porque no se logra entender. Pero no se entiende porque pensábamos que el Athletic garantizaba prosperidad y era refractario a las penalidades. El equipo nos había envuelto o, mejor dicho, nos habíamos dejado envolver por los aromas más embriagadores: la holgura en las competiciones, la comodidad de un vistoso estadio, el aval de unas cuentas envidiables. Afirmar que se observa una pérdida de la perspectiva sonará fuerte, pero ocurre que se nos ha olvidado qué es una crisis en un equipo de fútbol, qué significa sufrir de veras, que las cosas no salgan más que torcidas y los protagonistas actúen como si jamás hubieran atesorado talento y eficacia.

En tan desagradable contexto, escuchar en boca de los jugadores y el entrenador que confían en sus posibilidades y no decaen, muy al contrario, aconseja efectuar un esfuerzo de contención. Conviene evitar los juramentos, al menos en voz alta, por mucho que en la cabeza no paren de revolotear las imágenes extraídas de tantos partidos. ¿Conviene asimismo resignarse, conformarse con que el curso acabe con el Athletic lejos del descenso? Queda a elección de cada cual.

Uno reconoce que existe un desgaste en la plantilla, porque el éxito continuado en la elite desgasta;que elementos que han sido vitales o importantes están fallando y lastran la respuesta colectiva;que hay otros jugadores que carecen de la entidad suficiente para tomar el testigo de los anteriores, por inexperiencia o falta de recursos;que Ziganda no ha podido convencer a parte de su tropa de que merecía la pena intentar jugar diferente al año pasado;que el Athletic no inició su cuesta abajo en verano, que arrastra deficiencias y vicios adquiridos de campañas precedentes, desajustes y concesiones sobre las que se pasó de puntillas al calor de las clasificaciones europeas. Y aún reconociendo todo esto, el fútbol no deja de ser imprevisible.