Me dan ganas de... (rellénenlo)

un partido perdido en el limbo de los torpes encabrita a un san mamés que volvió a pitar al acabar el encuentro

Un reportaje de Jon Mujika - Sábado, 10 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

OIGA usted, querido lector, quiero que sepa que me merece todo el respeto del mundo, el mismo que me inspira el Athletic, un equipo que nos acompañará de la cuna a la tumba. Les cuento esto porque había empezado esta crónica de sensaciones con un “me dan ganas de...” y he decidido, a última hora, invocar a la templanza y dejar que sea la imaginación de todos ustedes la que rellene esos puntos suspensivos. Les aconsejo que, si se animan, practiquen el ejercicio en privado: mucho me temo que, de lo contrario, corren el riesgo de ser condenados por injurias o amenazas. Un Athletic desangelado y un Las Palmas pobre de espíritu firmaron un triste armisticio, casi un insulto al fútbol si no fuese porque entre aquellos trotes borriqueros se intuía cierta voluntad,

Me dan ganas de... ¡Detente, cronista! Para y mira lo que sucedió a lo largo de la melancólica noche, con San Mamés a medio gas -poco más de treinta mil aficionados en la peor entrada de la temporada en Liga-, un frío del carajo y la sensación de que el gol, llegase donde llegase si es que llegaba, iba a ser fruto de la casualidad. Nunca me gusto ver al Athletic con esa sensación de horfandad, perdido en medio del sendero y sin saber que camino tomar. Esa fue la sensación que quedó al acabar un partido de baja estofa, con un Las Palmas vecino del Bronx, lleno de argucias y trampas fuera de la ley -¡cómo atacaba el Las Palmas del osado y valiente Paco Jémez!- ante un Athletic de extrarradios, muy a las afueras del centro de ese fútbol entregado y corajudo que tanto gusta en San Mamés. A falta del pan de las ideas no hubo buenas tortas sino un hambre de siete meses.

Me dan ganas de... Iba a escribirles sobre las sensaciones que flotan en el ambiente de San Mamés, que ayer despidió al equipo, por segunda vez consecutiva en la temporada, al compás de la música de viento. ¿Quién? Esa fue la pregunta que me detuvo. ¿Quién garantiza otra cosa distinta a la aparente apatía si se le da matarile al Kuko Ziganda?, preguntaba un aficionado próximo, mediada la segunda mitad. Se había hablado tanto de vísperas de que éste era un juicio sumario sobre el técnico navarro que la reacción ante el 0-0 de pobres de pedir se antojó muy comedida, como si San Mamés percibiese que hoy, a estas horas y en tales circunstancias, no hay quien de la vuelta a esta tortilla justa de huevos, dicho sea sin segundas.

Me dan ganas de... De pedirle a este Athletic en horas bajas que al menos se vacíe y, si lo hace (o esa sensación tienen los jugadores...), ponga otra cara en la refriega porque San Mamés acabó como hace quince días, pensando que si eso era todo lo posible qué pocos posibles hay. Era verles a los más jóvenes disfrazados por carnaval de payasos y me daban ganas de...

A este paso lento, da la sensación de que el Athletic de la temporada 17-18 no llegará a la jubilación, que se aferrará, más pronto que tarde, a una de esas fórmulas de contrato relevo o de prejubilaciones incentivas y bajará la persiana. Ojalá ese fantasma se ahuyente y se le vea a los leones en pos de una presa antes que amenazados por la mira telescópica de un rifle de cazador. Porque esa era otras de las reflexiones de una afición desencantada ayer: menos mal que quedan tres peores. Pero si una piensa que uno de esos tres peores era el mismísimo Las Palmas de ayer y entra en comparaciones, ¡glups!, costaba encontrar las siete diferencias, como en uno de esos pasatiempos donde solo e distinguen muy finos detalles. Ojalá me equivoque, digo, y Europa despierte a la fiera dormida, porque hoy, el recuerdo del Athletic de ayer daba más pena que miedo. Y eso sí que duele a los athletitzales.