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Impotencia en vez de reacción

El Athletic, incapaz de canalizar la ansiedad que le atenaza, ofrece un mal partido que concluye en empate sin goles ante un rival muy discreto

José L. Artetxe - Sábado, 10 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

ATHLETIC: Kepa;De Marcos, Yeray, Iñigo Martínez, Saborit (Min. 83, Lekue);Williams, Iturraspe (Min. 62, Beñat), Mikel Rico, Susaeta (Min. 72, Córdoba);Raúl García y Aduriz.

LAS PALMAS: Chichizola;Míchel Macedo, Ximo Navarro, Gálvez, Aguirregaray;Gaby Peñalba;Hernán Toledo (Min. 32, Tana), Etebo, Jonathan Viera, Nacho Gil (Min. 68, Aquilani);y Calleri (Min. 89, Pedro Bigas).

Árbitro: Estrada Fernández. Mostró tarjeta amarilla a Aduriz (Min. 13), Saborit (Min. 51) y Kepa (Min. 52) por el Athletic;y a los visitantes Ximo Navarro (Min. 12), Calleri (Min. 41) y Michel Macedo (Min. 59) y Chichizola (Min. 79).

Incidencias: Partido correspondiente a la vigésimo tercera jornada de LaLiga Santander disputado en San Mamés ante 33.679 espectadores, según datos oficiales.

BILBAO - La visita del Las Palmas debía ser una especie de oasis en la travesía por el desierto en que se ha embarcado el Athletic y que no tiene visos de concluir de momento. Se había proyectado la cita como uno de esos manidos puntos de inflexión, confluían para ello la imperiosa necesidad propia y la dudosa entidad del rival, pero el partido en absoluto sirvió para que se produjese la ansiada reacción. Fue otra actuación decepcionante, enervante por momentos ante el cúmulo de errores registrado, una muestra fehaciente más de que el equipo que dirige José Ángel Ziganda carece a día de hoy de los requisitos fundamentales para aspirar legítimamente a la victoria. Demasiada impotencia la que transmitió el Athletic ante una estructura, la canaria, que no se distingue precisamente por su solidez, pero es que con la propuesta realizada en el plano ofensivo el gol era muy complicado. Podía haber marcado, aunque solo fuera por las veces que merodeó el área, pero viendo cómo se manejó, nadie pudo extrañarse de que no lo hiciese. La conclusión tras los noventa minutos es clara, cruda: jugando tan mal, por mucha rabia y desgaste físico que se invierta, no llega ni para superar en San Mamés a un serio candidato al descenso.

Está el equipo loco por darle la vuelta a la situación y se diría que no sabe cómo. Está inmerso en un quiero y no puedo. Anoche fue patente que todo su interés es ineficaz y deriva en un voluntarismo que será de agradecer, cómo no, pero que termina por desesperar porque no conduce a ninguna parte. Sin unos mínimos en el orden, la precisión, la toma de decisiones, el resultado es un empuje o demasiado previsible o directamente deslavazado. Así el Athletic se convierte en un chollo para el rival, en este caso la Unión Deportiva de Jémez, que enfocó sus sentidos a la tarea de estorbar apelando a un amplio repertorio de obstáculos y todavía gozó de tres llegadas que pusieron los pelos de punta a la afición. Se ha metido el Athletic en una dinámica peligrosa porque el esfuerzo de los jugadores no cunde. Es obvio que le pesan las urgencias y se ha abocado a sufrir y punto. Sufrir para mantener la vertical, para no perder.

Ziganda aparcó los experimentos y puso el once que cabía prever. No estaba el horno para bollos. No obstante, quedó demostrado que tampoco los más habituales poseen ahora el nivel deseable para imponer su ley. Quizá la única sorpresa fue la presencia de Yeray en el lugar de Núñez, el resto estaba cantado. Y lo cierto es que la noche arrancó briosa, con un gol de Yeray, un voleón espectacular que el árbitro invalidó por falta de Rico en otro lado. La enganchada entre Aduriz y Navarro, con agresión de este incluida, poco después, hizo que las miradas se centrasen en el árbitro, que ya no dejaría de sumar protagonismo. Mala señal. La grada pendiente de sus decisiones y muchos futbolistas, también. El fútbol, bajo mínimos, pero todo el mundo exaltado, aguardando a que saltasen chispas en cualquier lance.

Huelga añadir que semejante panorama beneficiaba al visitante. El desquiciamiento alcanzó cotas preocupantes, mientras los minutos iban pasando sin nada que llevarse a la boca, nada que se hiciera con balón se entiende. El caso de Aduriz es paradigmático al respecto, pues aunque cazó un par de remates en la segunda parte, es posible que todas y cada una de las iniciativas a su cargo fueran erróneas. Hizo más faltas que nadie, incurrió en más fueras de juego que nadie, perdió la posesión y la posición con una frecuencia desconcertante, pero no dejó de buscar a Estrada Fernández con la mirada, con comentarios y protestas.

El ariete no fue la excepción, sí el principal promotor de un ambiente sobre la hierba que flaco favor le hizo al Athletic. Broncas aparte, uno de los motivos principales en el mal encuentro que deparó el equipo fue la deficiente participación de las piezas más ofensivas. Williams necesitó una hora de reloj para marcharse por su lado y poner un centro en condiciones;Susaeta, no halló espacios, corrió en balde, sin sacar una jugada limpia;Raúl García continúa en una línea muy baja. Es posible que el suministro que los citados recibieron no fuera exquisito, pero ellos, en su ofuscación, no se lo pusieron nada fácil a sus compañeros.

GRAN OCASIÓN El peligro que se fabricó estuvo más conectado al modo de percutir del conjunto, a la generosidad y el empeño, que a las aportaciones individuales. La insistencia es la baza que le queda a mano a este Athletic y hubo un rato, bien entrada la segunda parte, en que pareció que le brindaría la recompensa. Los amarillos se habían parapetado en torno a Chichizola y la pelota iba a sus dominios impulsada por el amor propio del anfitrión. Williams gozó de una oportunidad inmejorable, adecuada para ser culminada por él, pero maravillosa si traza un pase paralelo sin mayor dificultad hacia Aduriz, más solo que la una en el punto de penalti. Antes hubo alguna más, varios cabezazos sin la dirección o la fuerza precisas y después, en tiempo añadido, un chut sin veneno de Beñat.

Las tribunas se fueron despoblando desde un rato antes. La noche desapacible de por sí se fue convirtiendo en un martirio para un espectador que se esforzó en insuflar ánimo a la desorientada tropa de Ziganda. La manifiesta incapacidad que exhibió el Athletic para gobernar la contienda con fuste desembocó en una nueva despedida amarga. Lógico que se escuchase música de viento a la conclusión porque no es plato de gusto asistir a un partido tan pobre. Y tan feo. Hay que considerar que se señalaron nada más y nada menos que medio centenar de faltas, que hubo fueras de juego por encima de la decena, sin olvidar los retrasos provocados por los visitantes en cada saque y por la simulación de lesiones, además de los rifirrafes entre unos u otros, más las ocho tarjetas que apuntó el colegiado y seis cambios… En fin, que se jugó poco y en esos ratos el acierto brilló por su ausencia, de modo que es normal que la gente se enfade y se preocupe. Hoy el Athletic causa eso, preocupación. No puede ni contra los enemigos más débiles y en casa.