reconocimiento honorífico

Vicente Álvarez, el todoterreno de la cancha

Vicente Álvarez recibe el reconocimiento honorífico en la quinta gala del deporte de Zalla Atleta en su juventud, ha sido directivo del Zalla U. C., impulsor del club Bidegintza y entrenador

Elixane Castresana - Jueves, 11 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:14h.

Zalla - Una inoportuna lesión a los 23 años privó a Vicente Álvarez de la competición. No del cariño de los zallarras. Atleta, entrenador de atletas, directivo del Zalla Unión Club de fútbol y uno de los fundadores del Bidegin-tza, agrupación centrada hoy en el baloncesto, recogió el premio honorífico en la quinta gala del deporte local arropado por su familia, amigos y amplia representación de sus pupilos. “Mi mayor satisfacción es que me digan que les he podido influir no solo en el aspecto profesional, sino también en lo personal”, agradece todavía conmovido por la ovación que le brindaron en el Zine Antzokia.

Se suponía que la identidad del homenajeado debía desvelarse en el mismo auditorio, pero resultó imposible guardar el secreto. Y es que en Zalla todos le conocen, a pesar de que “nací en un pequeño pueblo de Zamora”. La familia, “de siete hermanos” emigró a Aguilar de Campoo y luego a Santurtzi.

A los 18 años, las zancadas de la vida condujeron a Vicente a Barcelona. Recién llegado y ya con la inquietud de correr conoció a una persona que le ofreció hacer una prueba en un club de Montjuic. Se exprimió tan a fondo en el calentamiento que temió haberse agotado antes de tiempo. Pero surtió efecto, ya que “me clasifiqué en segundo lugar y me dieron una oportunidad”. A su regreso a Euskadi para cumplir con el servicio militar en 1967, le fichó el equipo de atletismo de los Altos Hornos. Entrenaba “a las 22.00 yo solo porque no podía hacerlo en otro horario”. Después, se enroló en el club deportivo de Getxo.

“Nada más recibir una carta de la Federación Española en la que me comunicaban que me habían convocado para el Mundial de Cross Corto”, se dañó la rodilla. Lo que significaba dar por finiquitada su prometedora carrera. Entonces “te quedabas sin menisco” con escasas opciones de poder rendir en la medida en la que lo exige la élite. Sí que logró el campeonato de España de 3.000 obstáculos y medallas de plata en 1.500 y 800 metros lisos.

Ya establecido en Zalla, entabló amistad con un grupo de vecinos que jugaban a fútbol en su tiempo libre en el campo del ya desaparecido colegio de los Padres Paulinos. Más tarde, integró una directiva del Zalla Unión Club que marcó época. “En aquella junta, en la que había cinco mujeres, creamos el equipo infantil. Salieron jugadores buenísimos, que llegaron a debutar en categoría absoluta”, recuerda Vicente. También se volcaron en la planificación de las fiestas populares, que incluían en su programa “campeonatos de perro pastor o sokamuturra”.

Finalizada su etapa futbolística, “de la mano de Jesús Mari Lezama, Jesús Zorrilla y Patxi Telletxea constituimos el Bidegintza”. En sus inicios esta agrupación deportiva “abarcaba también pelota y atletismo, además del baloncesto, que sigue funcionando”, cuenta mirando a la pista del polideportivo municipal, renovada a consecuencia de las graves inundaciones de las que se cumplirán tres años a finales de mes. Con los modernos medios actuales, cuesta imaginarse que ellos tuvieron que pedir al colegio de los Hermanos Maristas canastas para ponerse en marcha. Dos constructores de Zalla les ayudaron a sufragar la adquisición. Las carreras populares del Bidegin-tza eran la envidia del territorio. En cierta ocasión, “hasta la Diputación nos felicitó por lo bien que habíamos organizado la semifinal y la final del campeonato de Bizkaia escolar, con más de 1.200 niños”.

Entrenador Al siempre activo Vicente Álvarez solo le faltaba una faceta por explotar: la de entrenador. Y tampoco pudo resistirse. Tuteló, entre otros deportistas, a las gemelas de Zalla Arantzazu e Itziar Sáez. “Lo ganaban prácticamente todo” y actualmente no paran de colgarse medallas en torneos internacionales de policías y bomberos. Representan “esa semilla que hemos plantado”, en la que “el afecto perdura y no hay nada mejor”.