Behatokia

Los paquetitos de Gervasio que paran nuestras almas

Por Carmen Torres Ripa - Jueves, 7 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:09h.

CUENTAN en Tenerife que había un cura, don Antonio, que necesitaba dinero para hacer una residencia de ancianos y se le ocurrió parcelar el cielo. Un trozo de cielo se podía comprar por equis pesetas;otro más grande, por tanto, y así cada lugareño -con certificado- creyó tener un trocito de cielo.

Pienso que las fotos de Gervasio son trocitos de cielo. Mirándolas sentimos que el corazón late más fuerte y por un momento queremos ser mejores, porque el dolor es una llamada de atención para todos los que permiten la guerra. Hay guerra porque la paz no interesa. Cerca de donde estamos se fabrican armas. Mientras los gobiernos hablan de paz, se potencia la guerra. Todas estas cosas las ha dicho Gervasio Sánchez en numerosos artículos y fotos con madres y niños sin piernas por pisar un campo de minas. Pero aquellas caras estaban lejos: los Balcanes, Etiopía, Afganistán… Qué ingenuos somos.

La Asociación de Prensa de los Periodistas Vascos, en la edición de este 2017, ha entregado el Premio Libertad de Expresión José María Portell, al periodista Gervasio Sánchez. Un hombre que nació para ser periodista. Desde niño, sus ojos miraban el mundo de otra forma, con ansiedad, como un bebé que añora con urgencia el biberón a su hora, Gervasio empezó a buscar la forma de hacer realidad su sueño. Pasó su primera infancia en Córdoba. Sus padres, de condición humilde, emigraron a Catalunya, con 11 años fue cartero en Hospitalet -“he matado al señor Franco en forma de sello mil veces”-, con 15 años fue camarero en un chiringuito y al fin pudo pagar sus estudios de Periodismo en Barcelona. Quería ser periodista para viajar, pero estuvo tres meses viajando y no escribió ni una línea ni publicó ninguna foto, solo pensaba y, en la soledad, lloraba: “No quería aprovecharme de las desgracias ajenas. Esa idea me persigue todos los días. Porque sé qué si algún día dejo que mi carrera sea más importante que mi compasión, habré vendido mi alma”.

Gervasio se emocionó al recibir el premio y se le resbaló una lágrima. No pude decirle tanto como le hubiera dicho la noche de la gala, porque yo también estaba emocionada. Sus palabras fueron tan bonitas que las guardé para mí en el corazón.

Me gustaría trasmitir lo que hablamos después, poder contarles todo lo que ha guardado la cámara de Gervasio. Sé que las lágrimas que intentó limpiarse con el dorso de la mano le han nublado muchas veces el objetivo al ver el dolor: “He visto matar con fusiles en Centroamérica, con aviones y cañones en los Balcanes y con machetes en Ruanda. Y restos de niñas violadas y empalarlas después. He visto cortar orejas para divertirse y luego disparar riendo como si fuera un juego. Recuerdos imposibles de olvidar”.

Un compañero de Gervasio decía que sus fotos son puñetazos en la mesa: “La guerra no se puede contar, no dura un fotograma, una foto dura 24 horas de muchos años”.

Al mirar su cara de paz, parece mentira que este periodista magnífico haya vivido tan cerca los horrores de la guerra y los horrores del ser humano. “Te sientes atrapado en una dicotomía -dice-, hago que mi trabajo sirva para golpear las conciencias de la gente que luego habla desde la comodidad de no saber, no conocer, no sentir qué significa el dolor que te atenaza. O salvo vidas sin saber hacerlo. Por ejemplo, recojo niños y niñas hambrientas, niños y niñas desangrados, niñas violadas, niños armados de corta edad. Hago paquetitos con ellas y ellos, me los meto en el bolsillo o en la bolsa de las cámaras, apretados para que quepan más, y me las traigo conmigo para que las conciencias de mis conciudadanos se alivien. O para que me den palmaditas en la espalda los mismos políticos que toman decisiones para que no se detenga el reguero de sangre”.

Pues ya ves, Gervasio, esos paquetitos -tus rollos de fotos- son los que nos paran el alma. Sé que no todos los abres para enseñar porque son demasiado crueles las imágenes -ni a tu mujer, Choco, ni a tu hijo, Diego, se las enseñas- al volver de los viajes. Siempre dices que estás bien, aunque traigas el corazón hecho girones. Eres periodista y, como enseñaba Ryszard Kapuscinski, “un buen periodista tiene que ser buena persona, los cínicos no sirven”. Los buenos son los que se quedan cuando todos se han marchado -dice tu compañero Alfonso Armada-, que es cuando empiezan las historias, cuando los crímenes ocurren sin testigos, cuando las víctimas mueren en silencio, en ese olvido.

Así fue el asesinato de mi marido José Mari, en el silencio. Era un hombre bueno. Él decía que “nunca pasa nada y si pasa, qué”. Y sí pasó. Le asesinaron porque su crítica no interesaba ni a la derecha ni a la izquierda. Y porque, como tú dices, el reportero tiene que hallarse en el centro del conflicto y exponerse a sus consecuencias. Creo que murió donde quería, en el frente de la guerra.

Sé que le hubiese encantado entregarte este premio porque José Mari vivió la libertad de expresión hasta la muerte y tú la defiendes con esa cara de serenidad que derrumba. Esperemos que sigas mandándonos tus paquetitos, esos paquetitos chiquitos que nos enseñan la crueldad del hombre y a la vez nos dan unos trocitos de cielo. Intentaremos comprar el cielo al sentir que nuestra conciencia se revuelve nerviosa buscando algo, para mitigar tanta atrocidad. Sé que poco podemos, pero lo que nos falte intentaremos soñarlo.

Gervasio Sánchez ha publicado varios libros y además es Premio al Mejor Periodista del año en 1993, concedido por la Asociación de Periodistas de Aragón por su cobertura en El Heraldo de Aragón de la guerra de Bosnia;Premio al Mejor Trabajo Gráfico del año 1994, concedido por el Club Internacional de Prensa de Madrid;Premio de Andalucía de Cultura en 1995;Premio Cirilo Rodríguez en junio de 1996;Premio de Derechos Humanos de Periodismo por su libro Vidas minadas;también es Hijo Adoptivo de Zaragoza y la Organización de las Naciones Unidas le nombró Enviado Especial de la Unesco por la Paz durante la celebración del quincuagésimo aniversario de los Derechos Humanos en 1998. Ha recibido la Medalla de oro de Santa Isabel de Portugal en 2001, el Gobierno de Aragón le entregó en 2004 la Medalla al Mérito Profesional como testigo de guerra del siglo XXI al servicio de la verdad;en 2005, fue Premio Liber Press, por la denuncia de las injusticias;en 2006, Premio Javier Bueno, otorgado por la Asociación de la Prensa de Madrid;Premio Ortega y Gasset de Periodismo Gráfico, Premio Internacional Rey de España en 2009, Premio Solidaridad Proyecto Hombre en 2009, Premio Julio Anguita en 2011, Premio Internacional Jaime Brunet a la Promoción de los Derechos Humanos en 2014;en abril de 2017, Premio Gernika por la Paz y la Reconciliación, y en noviembre de este mismo año, Premio José María Portell de Libertad de expresión.

Aún quedan más, pero la lista sería muy larga.