Tribuna abierta

Claves del terrorismo

Por Igor Barrenetxea Marañón - Jueves, 14 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:09h.

la movilización social este verano en Barcelona y en el resto del país contra el atentado del ISIS es fundamental para expresar que no tenemos miedo al terror. Aunque el miedo exista (tenerlo es de gente sabia, porque eso permite valorar la vida que tenemos frente a los sembraderos de muerte), porque nadie quiere sucumbir ante tan injusta y, a la vez, perversa violencia. Se ha de decir que no romperá nuestra forma de vivir ni nuestro espíritu democrático y tolerante, a pesar de la inseguridad que esta clase de hechos entrañan. Que somos fuertes y coherentes con nuestros valores, a pesar de quienes hayan hecho una lectura equívoca de estos hechos al tildarlos de choque de civilizaciones. En realidad, no lo son. Es lo que pretende el Estados Islámico, crear una sima entre los creyentes musulmanes cívicos y los demás.

El ISIS ahora lucha a la desesperada por subsistir, habiendo perdido casi todo su gran territorio ante el avance de las fuerzas armadas iraquíes, kurdas y sirias. Pero eso no evita considerar la capacidad que tiene de hacernos daño indirectamente, ante su nefasta influencia. Su momento de auge ha pasado, pero en su época de mayor esplendor prosperó, llenaba un vacío que Al-Qaeda jamás pudo ocupar, al ofrecer una ilusión, recuperar el viejo Califato. Y extendió sus redes y directrices (sencillas pero despiadadas) por infinidad de países, favorecido por sus éxitos iniciales y por los conflictos que los desgarraban. Pero este yihadismo de nuevo cuño, aunque peligroso no es multitudinario, exige una obediencia ciega y un dogmatismo tan cerrado que contrasta con los tradicionalismos de las sociedades musulmanas y las idiosincrasias nacionales, y la mayoría de los musulmanes no están dispuestos a aceptarlo.

Pero, aun así, hay una serie de jóvenes cachorros que sí se ven seducidos por sus promesas de gloria y redención. El ISIS pretendió constituir un espacio único, aglutinando a los suníes en una causa común contra los enemigos de la fe. Si bien, aunque nos sorprendiera reclutando a cerca de 5.000 jóvenes europeos, no son tantos, frente a los millones que viven en Europa. Así que, en el fondo, el ISIS es la historia de un gran fracaso ideológico.

Una parte mínima El islam es muy rico, diverso y plural, donde coexisten en su seno muchas corrientes de pensamiento dentro de una población estimada de más de 1.600 millones de fieles. Pero para los integristas solo existe una visión, una visión ultraconservadora, aunque incluso esta se divide en varias formas y estilos que compiten entre sí para liderarlo, desde el salafismo (hipócrita) de Arabia Saudí, al wahabismo que prospera en Checheni o a los talibanes, en Afganistán. Fragmentados y representando una minoría dentro de la masa de creyentes musulmanes, su protagonismo depende de su capacidad de financiación y su participación en los conflictos todavía latentes en el mundo. Pero lo dicho, no podemos, pese a todo, minusvalorar su capacidad de seducción a larga distancia. A la vista está en lo sucedido en Barcelona y en la célula que se ha creado. Se vinculó al ISIS como podría haberlo hecho a Al-Qaeda. Pero siguen la lógica, como indica Ignacio Álvarez-Ossorio, de “golpear el enemigo lejano”, lo cual comporta que cualquiera puede recoger este terrible testigo.

El imán que creó la célula sabía bien lo que hacía. Fue incorporando a familiares y amigos, creando una red firme y cohesionada hasta dar el paso para actuar. Bien mirado, tuvimos suerte porque los yihadistas no dejan de ser jóvenes sin experiencia ni preparación militar y en la mayoría de los casos improvisan sobre la marcha, y el atentado podría haber sido más devastador. Sin duda, el mensaje oscurantista del Estado Islámico ha calado en ciertos grupúsculos que no solo son difíciles de detectar sino de identificar. Ellos lo saben.

Su labor se desarrolla en las sombras para que las fuerzas policiales no les detecten. Creen de forma ciega en lo que hacen y parece que solo la inmolación o la detención son las únicas alternativas posibles para atajar sus fieros y desgarradores propósitos homicidas. Pero hay que ser cautos con las etiquetas. No nos enfrentamos contra el islam, ya que los propios musulmanes son los que padecen esa violencia con mayor virulencia (el 95% de las víctimas son musulmanes), sino contra una serie de individuos que en su gris existencia se aferran a la locura de creer que sus pecados podrán ser redimidos mediante un acto tan cruel como el asesinato de otros seres humanos. Su pesar viene a ser purificado por esa entrega ciega y sorda a quienes son hábiles manipuladores de su voluntad religiosa: Alá lo quiere.

Una batalla por la dignidad En realidad, lo quieren estos profetas de la muerte que se regodean en el caos y el sufrimiento ajenos. Es por eso que hoy, más que nunca, hemos de afinar mucho en lo que expresamos y en lo que escribimos. No se trata de una batalla contra el islam o los musulmanes que configuran ya parte activa de las sociedades europeas, sino por la dignidad humana. Porque la lógica del terror es desquiciada, arrebata a jóvenes inmaduros la posibilidad de desarrollar sus vidas plenas y genera una sima con otras culturas cuyas creencias o valores no deberían ser nunca fuente de enfrentamiento sino de respeto y aprendizaje como humanidad.

Por ello, nos toca asumir este sufrimiento colectivo no como algo privado de los barceloneses ni de los europeos, en el mejor de los casos, sino por su entidad (ya que afectó a más de una veintena de nacionalidades distintas) internacional. Y en esta perspectiva no se trata de disolver el papel que han de cobrar las víctimas sino de observar el fenómeno terrorista desde unos ángulos más amplios que impidan acrecentar o crear esos sentimientos islamófobos que se dan en ciertos mentideros de la ultraderecha. Porque si algo hemos aprendido es que las violencias son endémicas y que el radicalismo es nefasto.

No podemos ignorar tampoco las matanzas ni crímenes que se han cometido en nombre de la civilización occidental. Ni mucho menos el de los totalitarismos cuyos crímenes fueron tales que su infausta memoria ha de vivir siempre con nosotros.