bandera de la concha

Cuando el Cantábrico estalló en llamas...

Cuando la 'Bou Bizkaia' y la ‘San Nikolas’ llegaron a la isla la mar bramaba y la diferencia era corta. Ahí comenzó la leyenda

Un reportaje de Jon Mujika - Lunes, 11 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:09h.

SE hablará de ello durante años, como si fuese una de esas gestas de ultramar que traían los viejos navegantes a la tabernas de puerto para matar la nostalgia en las noches de tempestad. Lo hará, sobre todo, el pueblo de Orio que miraba la isla recortada en la bahía de La Concha, con cara de asombro cuando Gorka Aranberrievocaba a Juan Sebastián Elcanoa bordo de la nao Victoriay conquistaba el mundo. Así debía sentirse entonces, cuando conquistaba los mares...

Fue entonces, en aquellas embravecidas aguas del Cantábrico, cuando la Bou Bizkaiase dio de bruces contra una pared de agua de la que salía dando tumbos mientras los aguiluchosvolaban sobre la mar. Una ola, dos y tres... Y desde los muelles el gentío que también bramaba, incrédulo, cuando la San Nikolascasi se ponía en pie. El azul de Urdaibai palidecía y el amarillo de Orio relucía como un puñado de doblones de oro. Otra gesta, ya digo. Otra de las heróicas batallas que no olvidarán quienes la vieron.

¡Cuánta luz en una mañana bañada de tinieblas! Porque las primeras horas del día, con la mar crespa y el viento azotando de lo lindo, presagiaban un naufragio. En el Ayuntamiento, en Portaletas;por los bares del puerto y en los acantiladosde los muelles o en la cima del Aquarium, el rumor iba agigantándose. “No habrá regata”, decían los pájaros de mal agüero. “La vuelta por la calle cuatro será un infierno”, añadió una voz azul y temblona al conocerse que sí. Un rumor trajo la noticia de que Hondarribia no quería hacerse a la mar en tales condiciones y otro lo desmentía de inmediato;las gaviotas mensajeras hablaban de peligros más allá de la isla, en el campo abierto de la ciaboga, y de las fatigas que iban a pasar las chicas -la decisión de que bogasen contrarreloj era un mal síntoma...- en aquellas condiciones. Era un qué ser, será continuo mientras las fanfarrias trataban de apaciguar ese ambiente fúnebre.

Cuando se supo que sí, que se harían a la mar, el personal comenzó a santiguarse. ¡Qué sea lo que Dios quiera! “Puede ganar cualquiera”, pronosticaba entonces Anton,vestido de amarillo de arriba abajo. Dos cuadrillas de azul y verde esperanza le replicaron entonces que sí, que “cualquiera de los dos.” ¡Ay si Antón llega a cruzarse con ellos una hora después! Le vi a lo lejos, ya en la rampa, bailando sobre los esqueletos de sus rivales. Los dos que podían y no pudieron.

Rampa de despegueHasta allí, hasta esa rampa de despegue, llegó el bote amarillo, lleno de una felicidad que estallaba en llamas sobre las aguas. Le esperaban miles y el primero un hombre que, descamisado, salió en su busca andando sobre las aguas. Ya se había marchado para entonces la cuadrilla de Eneperi, que este año han vivido emociones muy distintas a las de ayer con la transformación de San Juan de Gaztelugatxe en Rocadragón. A los remeros de Urdaibai, más veloces para salir de la rampa que para moverse sobre las olas, les consolaba el pueblo de Bermeo que había llegado con gigantes y cabezudos, con bengalas, con tanta y tanta ilusión, además de Jon Elortegiy Fernando Rúa,dos viejos compañeros de bancada. La rampa fue entonces de despegue para la alegría. Un hombre bajaba al mar dando gritos -¡cuatrocientos, cuatrocientos!- con un puñado de papeles en la mano (supongo que pasaría poco después por portaletas...) y no había noticia de las esteladas que se habían visto de mañana. Sí estaba Kortaabrazando a su nieta y el hombre antena,de amarillo, preparado para la vida moderna. No vi a Cayetano de Alba,que había visto la regata y un puñado de mujeres de Bermeo que gritaban, en voz baja, el ¡bai, bai, bai, Urdaibai!

A hombros como si fuesen héroes del pueblo, subieron los remeros amarillos por la rampa. Un tipo, ataviado de Bart Simpson, lloraba desconsolado al grito del ¡no me lo creo, no me lo creo! Confetis color oro bañaban las rampas y las aguas, la música tronaba y a lo lejos veía partir a un hombre de Confetis que había ondeado, como un capitán en la distancia, una altísima bandera de su tierra . Iba orgulloso pero nadie le miraba. Los ojos se iban detrás de la trainera de Orio, muchos de ellos llorosos. Lágrimas de felicidad.