Ermua y otros espíritus

Por Aitor Castañeda - Lunes, 17 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:09h.

SE han cumplido ya veinte años desde que un inhumano secuestro segara la vida del concejal de Ermua Miguel Ángel Blanco, hecho que conmovió a toda la ciudadanía vasca y española en su momento y fomentó un impulso social que permitió que la población, sobre todo autóctona, dejase el miedo de lado y condenara a ETA sin tapujos. Todo ello ha hecho posible que la serpiente esté dando ya sus últimos coletazos.

Algo así vino a decir la mañana del 10 de julio el alcalde ermuarra Carlos Totorika, en una entrevista en la Cadena Ser que tuve la suerte de escuchar y sobre la que, a la vez, me permito criticar algún punto. El alcalde, quien desde hace casi treinta años ostenta su cargo con nada desdeñables -aunque menguantes- resultados electorales, no tuvo reparos en decir que tanto en su pueblo como en Euskadi, ETA había perseguido a los “no nacionalistas”, y que gracias a Ermua y a su espíritu, se había logrado una mayor “pluralidad” en el País Vasco, pues que tanto él como su partido (el Partido Socialista de Euskadi), habían permitido que en la localidad industrial convivieran “con normalidad” personas “de toda procedencia” española, frente a “los racismos” y “los totalitarismos”.

Terminología de enfrentamiento No hay que ser un gran lector para constatar que Totorika utilizaba, como lo hacía y hace el Foro de Ermua, la terminología del enfrentamiento. En este país no ha habido más que dos bandos: los constitucionalistas (sobre todo PP y PSOE) y los nacionalistas, “racistas” y “violentos” en su esencia y al parecer ignorados por la violencia de ETA. Es un discurso que analiza el asesinato de Miguel Ángel Blanco en términos de disputa, obviando así a quienes la banda armada liquidó y que no eran del entorno defendido por Totorika. Baste recordar que el último asesinado por ETA era Inaxio Uria, del PNV, como otros tantos. Y que no caiga tampoco en el olvido el más que conocido caso del asesinato de Yoyes. Tampoco se debe olvidar que el actual alcalde de Ermua subió al poder en los 90, década en que el GAL arrebató a González su corona, y que se saldó con asesinatos tan vergonzosos o más que el del sufrido concejal popular.

Con todo, pasar por alto la espada de Damocles que ha sobrevolado las cabezas -y los chasis- de personas de toda índole, estalla contra la supuesta pluralidad defendida por el regidor ermuarra, quien felizmente camina ya, como muchos, sin escolta, pero en cuyo municipio el PP, líder de la oposición en otros tiempos, cae en votos sin remedio -sustituyéndole en protagonismo Bildu- y siendo socio prioritario del alcalde el Partido Nacionalista Vasco, ganador en los últimos comicios autonómicos en la ciudad en la que, al parecer, debió de haber algún momento en el que no se permitía vivir cómodamente a gallegos, extremeños y andaluces (quisiera saber, quizá más adelante, en qué punto de la geografía vasca no han podido hacerlo).

Entiendo que la postura del alcalde está atravesada por años de tensión a sus espaldas que otros no podemos imaginar, pero ello no le legitima para obviar el sufrimiento de todos a quienes ETA y otros terrorismos han puesto una pistola en la nuca.

Conviene, pues, avanzar hacia la convergencia democrática en términos de comprensión al otro, deslegitimación de toda violencia y fuera de músicas celestiales que encanten el oído del votante pero no definan desde la distancia el conflicto real, aún no resuelto ni por nacionalistas ni por constitucionalistas.