Behatokia

Estados asimétricos, nacionalismos multiformes

Por Enrike Zuazua - Viernes, 31 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:03h.

EL planeta Tierra encierra su primera paradoja en su propia denominación. Quien lo observe desde el espacio verá una gran esfera azul, pues más de un setenta por ciento de su superficie está cubierta de agua. Pero ese agua solo supone una ínfima parte de la masa total del planeta que, por tanto, se denomina acertadamente “Tierra”.

Los humanos, ya siete mil millones y creciendo rápidamente en población, vivimos en ese escaso tercio de la superficie del planeta ocupado por la tierra.

La geometría de la tierra visible que sobresale del mar invita a la clásica clasificación en continentes, cinco en total. Esa división sin embargo incluye muchas excepciones o arbitrariedades, sobre todo en lo que respecta a las islas que ocupan los mares en las interfases entre los continentes. Las Islas Canarias, por ejemplo, son parte de Europa por serlo de España, aunque están más próximas a África que a nuestro Viejo Continente.

Si la geografía terrestre es compleja en sí, lo es más aún cuando se cruza con la política. De ahí que los mapas geopolíticos sean imprescindibles.

La repartición de tierras da lugar a la división actual del planeta en una lista de 193 estados miembros de la ONU, territorios plenamente soberanos, con autogobierno y completa independencia.

Hay estados pequeños, casi enanos, como por ejemplo la Ciudad del Vaticano, con una superficie de escaso medio kilómetro cuadrado, y otros gigantes, como Rusia, el más grande, con más de diecisiete millones de kilómetros cuadrados, casi el doble de China. Observamos también estados que suman territorios inconexos incluso en tierra firme: Alaska, cuadragésimo noveno estado de los Estados Unidos, en el mapa aparece al norte de Canadá, lejos de los demás estados del país.

En nuestro entorno también hay algunos ejemplos singulares. Las ciudades de Ceuta y Melilla, al norte de África, que miran a Europa desde tierra firme, son parte de España, y por tanto ciudades europeas. Sin embargo, Gibraltar, apenas una punta de Andalucía al este de la bahía de Algeciras, a las puertas del Estrecho, es inglesa. Treviño, por otra parte, en territorio alavés, es administrativamente parte de la provincia de Burgos, sin ir más lejos.

Ese complejo puzle de estados es la resultante de siglos de historia, repletos de alianzas y fusiones, guerras, pactos y traiciones, segregaciones y anexiones, afinidades y tensiones, no siempre resueltas de manera definitiva aún, y alimentadas con frecuencia por diferencias lingüísticas, religiosas, étnicas y, cómo no, por el mero afán de poder, recursos, riquezas y posiciones geoestratégicas.

Es habitual que el poder central de cada estado, sin renunciar a su unidad, ceda parte de sus competencias administrativas a federaciones, regiones o naciones subordinadas. Pero, sea cual sea el sistema de organización adoptado, las excepciones son también frecuentes de puertas adentro en cada estado.

España, sin ir más lejos, optó en la Transición por una organización en Comunidades Autónomas. La homogeneidad no es sin embargo completa, ya que no todas gozan del mismo nivel competencial: Euskadi y Navarra disponen de la herramienta adicional del Concierto Económico.

Pero la foto no está aún fija. Los movimientos nacionalistas persisten aquí y en muchos lugares del mundo, pues allí donde hay una nación con historia, etnia, cultura, lengua o religión propias, emergen aspiraciones de convertirse en el estado 194 de la ONU.

Hay, sin embargo, un fuerte consenso y complicidad entre los estados existentes para hacer que la creación de nuevos estados no resulte fácil. Ejemplos no faltan en nuestro entorno y son raras las excepciones como la del Reino Unido, que nos sorprendió una vez más permitiendo que Escocia se manifestara libremente sobre su futuro.

Esa dificultad de consumar nuevos estados plenos está derivando en movimientos nacionalistas más graduales, de compromiso, que, más allá de idearios fundacionales, basan su modelo de ejecución en el pragmatismo, intentando ganar paulatinamente competencias, confiando en que la globalización vaya diluyendo las fronteras interestatales actuales.

Paralelamente, mientras cada nación que aspira a la estadidad plena desarrolla formas cada vez más complejas de nacionalismo progresivo, los estados confían en su debilitamiento paulatino, fiándolo al mismo gran aliado de la globalización.

Un sabio anónimo comparó los procesos que viven las naciones que aspiran a la estadidad con el traslado de una gran familia de la vieja a la nueva residencia. Sería ideal colocar todas las pertenencias en un gran baúl para trasladarlas íntegramente en un solo movimiento, pero eso resultaría materialmente imposible pues ninguna fuerza sería capaz de mover el gigantesco contenedor. A la hora del traslado se impone, por tanto, distribuir las pertenencias en un gran número de pequeñas cajas, con el objeto de trasladarlas sin excesivo esfuerzo, para luego desplegarlas en el nuevo destino. Pero en el camino siempre se pierden o descolocan algunos de los objetos y resulta imposible reproducir en el nuevo domicilio el ambiente y la magia del viejo, que pertenecen al patrimonio de lo inmaterial.

No existe, pues, traslado domiciliario perfecto, lo mismo que no existe la mejor hoja de ruta para los nacionalismos contemporáneos. Las estrategias más pragmáticas y eficaces en el corto plazo, que atraen nuevas competencias y recursos, corren el riesgo de que sus adeptos se entretengan en el reparto del botín provisional, o incluso que se sumen a sus filas quienes, sobre todo, buscan el rédito personal, debilitando la causa. Por otra parte, las versiones más maximalistas se enfrentan a vallas invisibles cada vez más altas, más difíciles de sortear, en un ambiente internacional contradictorio que, a la vez que critica las ambiciones estadistas de unos, aplaude o, cuando menos, tolera el reforzamiento de las fronteras por parte de los estados soberanos. Y la estrategia del todo o nada también corre el gran riesgo de resultar baldía.

Las décadas por venir no serán fáciles para las naciones que aspiran a ser incluidas en el listado de honor de la ONU. Si es difícil cambiar de casa, no lo es menos transportar un chorro de agua si se carece de un recipiente. Y el mapamundi está repleto de proyectos que se encuentran con la misma dificultad de quienes intentan llevar el agua de la fuente en el cuenco conformado por dos manos unidas, quienes llegan al destino con los dedos húmedos pero sin haber conseguido retener una sola gota del preciado líquido que calme la sed.

Gaspar Monge (1746-1818), virtuoso matemático, hijo de un afilador ambulante, a quien se dedica una calle en el barrio quinto de París, colaborador de Napoleón y expulsado de la Academia por los Borbones tras la caída del emperador, desarrolló la teoría del transporte óptimo, que explica el modo mejor de trasladar las grandes masas de tierra que se generan en las obras civiles o el material militar de campaña. Hoy, los usos de esa teoría son ubicuos. Tal vez por eso el Athletic de Bilbao consultó al Premio Nobel de Economía Albin Roth sobre el programa óptimo para asignar asientos a sus socios en el nuevo estadio, con el fin de que todos ellos pudiesen gozar de una localidad en que su nivel de satisfacción no fuera menor que en el viejo San Mamés.

Pero las realidades sociopolíticas son mucho más complejas aún que una montaña de arena o los 53.289 asientos de un estadio y no hay una receta clara de cómo trasladarlas hacia un futuro más libre y sostenible.

En el siglo XXI serán pocas las naciones que consigan sumarse a la codiciada lista de estados soberanos de la ONU. Por el contrario. serán numerosas las que verán sus proyectos nacionales diluidos, escurridos entre los dedos de la controversia y la falta de consenso.