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El 'caso Snowden': ¿Qué queda del Estado democrático?

1984 ya está aquí. El 'caso Snowden' convierte en ciertas las sospechas respecto a la profecía totalitaria que inteligentemente anticipó Orwell y la desaparición del equilibrio entre libertad y seguridad y la separación de lo público y lo privado. Quizás nos lo merezcamos

Por Jon Leonardo, * Profesor de Sociología de la Universidad de Deusto - Lunes, 17 de Junio de 2013 - Actualizado a las 07:07h.

ES de sobra conocido que la novela 1984, escrita por George Orwell a finales de los años 40, constituye uno de los hitos más importantes de la literatura contemporánea. Algunos se han atrevido a decir que, junto con la obra de Aldous Huxley Un mundo feliz, constituye una de las obras cumbres del siglo XX de ese género denominado de ficción.

Orwell, en su novela, proyectaba en el año 1984 la existencia de un sistema totalitario que controlaba hasta los lugares más recónditos de la existencia humana. Recuerdo que cuando leí la novela, la sensación que tuve fue de desazón; en ese momento, hace ya muchos años, me produjo una especie de escalofrío simplemente pensar en la posibilidad de vivir en una sociedad de ese tipo. Posteriormente, en algunas ocasiones, con motivo de circunstancias determinadas, he sentido ese mismo escalofrío que me transportaba a sociedades donde la libertad desaparecía. Una de ellas fue viendo El show de Truman, la excelente película de Peter Weir. Quizás por ello huyo de determinadas situaciones y de programas de TV como de la quema. Sólo pensar en la posibilidad de que seamos rehenes de esa impúdica exposición al público que se llama Gran Hermano, ese panóptico en el que se subordina la libertad en beneficio del espectáculo, no sólo me produce rechazo sino que me parece éticamente indecente y profundamente corrosivo. Esa misma sensación he tenido nuevamente cuando he leído en las páginas de los diarios el caso Snowden. Me ha supuesto caer en la cuenta de que las sospechas que tenía respecto a esa profecía totalitaria inteligentemente anticipada por Orwell poco a poco van haciéndose realidad.

Sin embargo, la mayor parte de la prensa ha insistido en las repercusiones que para el orden internacional tiene la filtración de este exempleado de una empresa contratada por la CIA. Leyendo los detalles, queda patente cómo los sofisticados sistemas de espionaje caen hechos añicos por personas que, con muy pocos medios, y supongo que mucha inteligencia, desbaratan sistemáticamente enormes sistemas complejos de encriptamiento y codificación bajo los cuales actúan los estados poderosos al margen de la normativa vigente. La historia no por sospechada deja de ser impactante. Los estados democráticos han creado sistemas paralelos, paralegales, al servicio de intereses perversos que no sólo se sustraen al control de los poderes democráticos sino que niegan sistemáticamente sus principios y actúan contraviniendo la legislación vigente.

Todos los medios de comunicación inciden una y otra vez en las repercusiones judiciales que tiene el caso, en si se procederá o no a la extradición del autor de la filtración. La caza del hombre que ha subvertido las normas del sistema paralegal está montada. Assange, Manning en el tema Weakileaks, Falciani revelando la información fiscal del banco HSBC, y ahora Snowden, no son más que eslabones de una cadena que, a pesar de todo, da cuenta una y otra vez de la vulnerabilidad de los sistemas de seguridad. Podemos seguir sumando: economía, seguridad, tecnología… Cada vez más ámbitos estratégicos se van sustrayendo al control democrático. Dicho de otra forma, no podemos decidir sobre ellos; en unos casos, argumentando razones de seguridad, en otros, estratégicas o científicas. El resultado es el mismo: la retirada del debate sobre los fines que justifican todas estas estrategias y la entronización de los medios. No hay que preguntarse cuál es la finalidad de las políticas de seguridad o económicas, simplemente hay que aceptarlas y en el mejor de los casos moderarlas.

Pero, con todo, no son los problemas de espionaje y incertidumbre en las relaciones internacionales tal y como señalan los principales diarios lo que más me asusta en el caso Snowden, sino las repercusiones que los tipos de actividades revelados suponen para el orden social y las sociedades democráticas. Escuchando sus propias declaraciones al Washington Post justificando su acción, el autor señalaba: "Quizás yo pueda ser naif, pero la expansión constante de los poderes de vigilancia es una amenaza directa a la gobernabilidad democrática, por eso he arriesgado mi vida y la de mi familia". Más allá de la credibilidad que nos merezcan las razones que le han impulsado a hacer lo que ha hecho, desde mi punto de vista dan en la diana al señalar los riesgos de la sociedad actual.

Toda la historia contemporánea del Estado moderno ha estado centrada en torno dos cuestiones que juzgo esenciales: el equilibrio libertad-seguridad y la separación entre el ámbito público y el privado. En relación a la primera cuestión, debo de decir que la línea de separación en el binomio libertad-seguridad siempre ha sido muy delgada, produciéndose continuas interferencias entre ambos aspectos de la realidad. No obstante, la evolución de las sociedades modernas en los últimos tiempos ha ido tomando una deriva que está socavando de forma constante las libertades en beneficio de una supuesta seguridad. Lo paradójico del caso es que se está haciendo con el beneplácito de la población. La gente está dispuesta a vender su primogenitura, es decir su libertad, si le garantizan la seguridad. En nombre de ésta se están atropellando de forma indiscriminada los derechos civiles, sin darse cuenta de que el debate de la seguridad está fuertemente manipulado por los poderes fácticos en una estrategia tecno-industrial que persigue la militarización completa de la sociedad. El Emilio rousseauniano es sustituido por el Robocop hoolliwoodiense.

En cuanto al segundo binomio, tres cuartas partes de los mismo. Hasta ahora hemos tenido claro la existencia de dos esferas perfectamente diferenciadas: lo público y lo privado. Todo el siglo XX ha pivotado entorno a esta dualidad, al menos desde el punto de vista político. Sin embargo, la irrupción de las nuevas tecnologías ha borrado definitivamente esta diferenciación. Los sistemas de control han irrumpido poderosamente en la sociedad hasta el punto de que han controlado hasta los espacios más íntimos de la existencia. Lo peor de ello es que en la mayoría de las ocasiones han contado con nuestro propio beneplácito. La vida se ha convertido en un objeto de exhibición. Privacidad, pudor, intimidad son palabras para designar antiguallas. La irrupción de la sociedad del espectáculo, utilizando un término de los situacionistas franceses, se ha realizado a modo de juego, en un espacio virtual (la red) que ha terminado atrapándonos a todos y haciéndonos rehenes de ella. Todo se exhibe, todo se convierte en objeto de representación, forma parte de la sociedad del espectáculo. El escenario ha cambiado, se ha pasado de las bambalinas del teatro al smartphone o la tablet.

Poco a poco se van difuminando los límites entre las democracias tradicionales y los regímenes autoritarios. Al desarrollo tecnológico basado en la expansión de los sistemas de control para hacer frente a las amenazas del exterior -drones, satélites espías y demás- se les ha sumado los sistemas de vigilancia internos para hacer frente a los desafíos planteados por el aumento de las desigualdades, conflictos locales y demás. Desahuciados, 15M, sucesos de Londres, Egipto, Túnez o París, todos ellos han tenido las mismas consecuencias: etiquetación de terroristas, demonización y endurecimiento de los sistemas de control y vigilancia. Sólo la ingenuidad permite que creamos que los sistemas de vigilancia y contravigilancia son empleados únicamente para hacer frente a situaciones de amenaza exterior, en un contexto en el que el control de la información es absolutamente decisivo en la toma de decisiones. No me deja de sorprender, al hilo del caso Snowden, ver cómo determinados sectores de la sociedad norteamericana se echan las manos a la cabeza pensando que el Gran Hermano no les iba a afectar, cuando el 90% de los edificios públicos y privados, por no citar más que un ejemplo, constituyen auténticas ciudades prohibidas acorazadas con enormes sistemas de vigilancia electrónica.

La tecnología ha posibilitado como nunca que paradójicamente, a pesar del aumento de la exposición pública de la vida privada, se haya producido una disminución ostensible del debate público y de las formas de democracia deliberativa. La acumulación de información unida a la lógica de la instantaneidad, propia de las nuevas tecnologías en un contexto de anonimato, no favorece las formas deliberativas en sociedades modernas instaladas en la complejidad y en la fragmentación. Por el contrario, es la lógica de la simplificación y de la dualización la que emerge con fuerza, la del sí o no o la de conmigo o contra mí. Pero, como dijo Benjamin Franklin: "Aquellos que sacrifican libertad por seguridad, no merecen tener ninguna de las dos".

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